Buscando entre

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“Estamos en un momento en el que el desánimo, el sinsentido, la crispación y la atomización tiñen la práctica y el pensamiento”. Era abril de este año y con esa frase iniciamos el texto sobre “estética, ciencia y política” que serviría como presentación de entre y como disparador de discusiones que deseábamos compartir con otrxs.

Cierta imaginación sobre espacios como gremios, sindicatos, colectivos artísticos o académicos, fantasea que en éstos se piensa cotidianamente sobre la actualidad, las estrategias transformadoras, las teorías de punta o las posibilidades del momento. Pero lamentablemente no es el caso. Las urgencias electorales, las disputas internas, las preocupaciones cotidianas, la caza de financiamientos y la defensa de los avances logrados, muchas veces terminan obturando las posibilidades de procesar discusiones sustantivas. Es por eso que compartir un conjunto de certezas, las que sean, aunque estén implícitas, es tan fundamental para colectivos políticos, artísticos, académicos y sociales. Ese conjunto de certezas, de acuerdos estéticos, científicos y políticos básicos, permiten a un colectivo poder pasar a la acción con algo que los una, y mantener las fronteras que lo separan del exterior.

Pero en un momento de crisis, las certezas son lo primero que cae, y lo que nos une en entre es todo lo contrario: las preguntas. Hacía tiempo que nosotrxs y otrxs veníamos comentando sobre la necesidad de crear espacios donde pensar, donde formarnos, donde investigar y especular sin que nos corriera la urgencia.

En Uruguay desde 2005 hay un gobierno de izquierda, del Frente Amplio, que gobierna con relativo éxito y numerosas conquistas legales y materiales. Pero la depredación de los bienes comunes, la impunidad de los crímenes de la dictadura, la violencia policial y la segregación de las clases en la ciudad no terminaron. Podría decirse, de hecho, que empeoraron. El arte y la ciencia están en un proceso de brutal mercantilización, las formas de vida neoliberales avanzan, el conservadurismo clasista, nacionalista y punitivista se afirma en el sentido común y la rica cultura de izquierda radical uruguaya cae en el desprestigio, sin que la izquierda domesticada salga a su rescate. Al mismo tiempo, las izquierdas de América del Sur caen como un dominó, nuestro gobierno se corre a la derecha y la crisis se hace sentir.

En momentos de crisis se muestran traumas, dudas, conflictos y debilidades que estaban ahí y nos negamos a ver mientras la soja tuviera precios altos, mientras los petrodólares venezolanos fluyeran y las leyes progresistas se siguieran aprobando: en Uruguay sólo entre el 2013 y el 2016 se aprobaron las leyes de Matrimonio Igualitario, Ley sobre Salud Sexual y Reproductiva que legalizó el aborto y Regulación legal del cannabis. Llegó la crisis y no habíamos dedicado durante períodos de bonanza y progresismo la más mínima energía a pensar la transformación cultural más allá de nuestras narices e indicadores.

Esta situación nos tenía (y todavía nos tiene) perplejos y desmotivados. Llenos de dudas, ambigüedades y frustraciones, nos propusimos crear un espacio cuyo fin específico fuera el pensamiento generalista y politizado, donde poder pensar con calma, complejidad, con el contexto y sin respetar los compartimentos especializados de las disciplinas. Viniendo cada uno del colectivo de diferentes lugares, desde la militancia en los derechos humanos al arte contemporáneo, desde el movimiento estudiantil al partidismo, desde la academia al diseño gráfico, pensamos que podíamos desplegar más potencia poniendo a discutir diferentes lógicas que disputando cada uno en el espacio que teníamos asignado.

Hicimos un plan, que tenía tres líneas de trabajo: charlas públicas, cursos y trabajo con organizaciones sociales. Las charlas fueron cinco: “cultura entre autonomía e implicación”, “cultura entre vanguardias y retaguardias”, “cultura entre formas de producción”, “arte, comunidad y ritual”, y “la política cultural del Frente Amplio”. Estas charlas eran abiertas, y en ellas la palabra circulaba entre todos los presentes, sin moderación fija. Además, organizamos tres cursos, un seminario sobre “corrección e incorrección política” y una fiesta.

No llegamos a estos encuentros como tablas rasas. Las posiciones frente al gobierno, las concepciones sobre la relación entre cultura y política, sobre el lugar del dinero y el trabajo en el arte, sobre si es posible “dar el batacazo” y provocar un recambio generacional en las élites del sistema político, o si es deseable intentarlo, estuvieron continuamente presentes y en fricción.

Estas discusiones nos dibujaron un mapa de qué es lo que interpela a las diferentes comunidades, de lo diversas que son las culturas políticas, y de cuánto nos falta para reconstruir una cultura de izquierda.

Después de estos meses está en curso la digestión de estos experimentos de convivencia, autocrítica, extremos emocionales, desgarros intelectuales y encuentros. De todos lados emergen apuntes y notas, manifiestos y preguntas que nos hacen recordar ese intento de mantenernos en la pregunta sin forzar la afirmación, de problematizar pero buscando alguna certeza, de jugar al manifiesto, de estar a mitad de camino entre un grupo de estudios y una organización política.

La teoría política y las ciencias sociales, sumadas a la necesidad de legitimación de la izquierda en un mundo enamorado de la ciencia, nos ha hecho aprender a pensar la política en términos técnicos. Esta política como verdad no es sin embargo la verdad de la política: hay elementos utópicos, sentimentales, afectivos, históricos y hasta medioambientales que necesitan ser pensados con la tripa, necesitan ser penados, necesitan pasar por el cuerpo y ser procesados en comunidad.

Así como el sujeto del psicoanálisis necesita terapia para lidiar mejor consigo mismo y con el mundo, el sujeto de izquierda necesita terapia en un mundo conflictivo y bipolar, donde demandas contradictorias hacen mutar permanentemente a sus alianzas. En entre nos propusimos explorar la terapia, improvisando en el camino y compartiendo la necesidad de un espacio en común para vulnerabilizarnos sabiendo que no seremos atacados pero que tampoco escucharemos únicamente reafirmadoras palabras de aliento.

A la hora de discutir la cultura y la izquierda o la cultura de izquierda, es evidente que las vivencias generacionales son protagonistas. Quienes vivieron la dictadura, se traumaron (o se aliviaron) con la caída del muro de Berlín, fueron protagonistas o son funcionarios del ascenso de la izquierda en el gobierno, tienen vivencias muy distintas que quienes no. Estas capas geológicas de la izquierda ordenan y desordenan discusiones, que a menudo no son sobre lo que se discute en cada momento, sino sobre quién tiene derecho a ser la voz de la verdadera narración de la cultura de izquierda, ahora que no sabemos qué es eso.

Es más fácil enunciar en abstracto que una desea el encuentro de las lógicas (política, académica, artística) que poner a escucharse entre sí a sus portavoces. Ahí están la potencia de verdad, las dificultades de traducción, las acusaciones mutuas a los planes y a las estrategias.

Fue así que durante las charlas tuvimos que lidiar con la forma como músicos de rock monopolizaron una charla con su carisma y bohemia, con cómo una militante temerosa de que se cuestionara su estrategia hizo callar a académicos tímidos, con la captura de una charla por parte de una negociación entre organizaciones sociales y sindicatos que pensaban como intervenir sobre la política cultural del gobierno, con como frenteamplistas cincuentones no lograban concebir que existiera izquierda fuera del Frente Amplio.

El dispositivo de las charlas aceitó un poco las bisagras que nos repliegan. La propuesta fue pensar preguntando(nos), a escuchar y responder dispuestos a cambiar de lugar en el proceso, tanto ideológica como físicamente: la gente caminaba, se servía vino, salía a fumar, se paraba y se sentaba. Nos reunimos entre 5 y 40 personas en nuestro espacio del tamaño de un dormitorio. En el espacio reducido, la cantidad de asistentes determina también la densidad de los espacios, los olores, los sudores y los cuerpos. A diferencia de salones de actos o actos callejeros, los encuentros en entre nos apretujan en un espacio mínimo, más pequeño del que traen en el imaginario los concurrentes.

Durante las charlas no hay moderación individual sino colectiva y el juego consiste en que quien tiene la palabra se encarga de darla a quien la pida. La frecuencia, tono, duración y distribución de la voz corre por cuenta de una composición colectiva en tiempo real. El experimento es un poco una maqueta de la política.

En las charlas llegamos a niveles muy profundos de intercambio intelectual y emocional, y todavía no sabemos qué hacer con eso. Mientras intelectuales jóvenes discutían sobre teoría contemporánea, una señora insospechada recordaba su participación en la lucha armada en los 70. Se hicieron rondas de autocríticas en las que cada uno pulverizaba a su propia disciplina, y rondas de propuestas en las que cada uno imaginaba algo que se debería hacer. Se explicitaron resentimientos y críticas hacia colectivos con sus militantes presentes, y fueron respondidos con argumentos y complicidad. Es difícil que el arte y la ciencia dejen de tener miedo de ser hegemonizadas por la política, y que la política no se sienta incomprendida por la crítica que viene desde la cultura, sin embargo, vimos momentos de empatía que sorprendieron a los empatizantes.

 

No es nuestro rol constituir un colectivo ni una táctica para dar el golpe. Preferimos estar en un movimiento que se activa y se dispersa, una reverberación no identificable en su origen que va sembrando efectos, un espacio para no saber, un espacio para dejar de ser pre-definidos. Pero también que ese movimiento no tenga miedo de decirse a sí mismo, de tener consecuencias, de planificar intervenciones y de pensar con ambición en la transformación cultural. Esa alianza elusiva entre la posmodernidad y la izquierda.

La política necesita aprender a pensar en la musculatura profunda de nuestro cuerpo político. Aprender de disciplinas o técnicas como el feldenkrais, el transformismo que nos permita experimentar cómo se siente ser “otrxs” en el mundo, o la coreografía. Pensar desde lo que sucede sin perder el horizonte que nos mantenga deseantes; desear actuando; sentir pensando. Cuántos verbos enlazamos hasta volver rígida su forma de ensamblaje. Juguemos al collage de nuestros objetivos y nuestros medios reimaginando formas de organizarnos. La política necesita de arte no sólo para difundir su pensamiento sino para producir un conocimiento que quizás no sea de este mundo sino sobre esos otros mundos que queremos empujar al nacimiento. Pero el elitismo autocentrado del arte y la academia demuestran cuanto éstas necesitan también de la política, del deseo del otro, de estar en contacto con la época, de pelear por algo justo.

Si ni la política centrada en la tecnocracia y las luchas intestinas, ni el arte en su burbuja autoreferente, ni la ciencia en su carrera por formalizarse y adaptarse a estándares de mercado y de excelencia son capaces de crear pensamiento transformador, ¿donde va a crearse? ¿cómo conocer lo que aún no existe?

Lo primero es terminar de liquidar lo que queda de la idea de que la izquierda es hegemónica en la cultura. La cultura es neoliberal, somos minoría, y estamos perdiendo en todos los planos, y eso alarma y también tranquiliza porque nos pone a planear un verdadero cambio.

 

Texto: Santiago Pérez Castillo, Gabriel Delacoste, Lucía Naser

Imágenes: Gabriela Sánchez, Diego León Pérez, Martín Núñez

 

Entre (entre.uy) es un espacio para la discusión, la investigación, la formación, la creación, la acción, la divulgación y el encuentro entre mundos como el arte, la técnica, la academia y la militancia para poner en común y en fricción sus lógicas, potenciándose mutuamente.

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