Promesas – Taller de escritura

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En el cuarto encuentro del taller de escritura colectiva trabajamos sobre una ucronía donde las circunstancias arrastraron a toda la gente a enfrentarse con el cumplimiento de sus promesas.

¿Qué pasa con las promesas que no se cumplen?

Hay un tramo de la ruta donde ya no pasan autos. Donde antes rugían motores ya solo se escuchan pasos. El asfalto está alfombrado por un tendal de harapos celestes. La masa, famélica y descalza, camina por la ruta sin detenerse a comer ni a beber. Ni por el desfallecimiento de algún integrante, ni para curar alguna ampolla o corte en el pie. “Si ellos no pararon, nosotros tampoco”, dicen. La penillanura suavemente ondulada se ha convertido en una montaña rusa de promesas descabelladas en pleno proceso de cumplimiento. Ahí van los orientales.

Mariana baja las escaleras del edificio. Carga buzos, fotos, papeles. Enajenada con la tarea, con la seguridad de las ganadoras. En la calle la espera una montaña de cosas que cada vez es más grande. En el camino se cruza con los pibes del primero, que están tirando unas cuerdas por la ventana y a los gritos con otro que, desde abajo, los ayuda a construir el sistema que les permitirá no pisar los adoquines de la vereda nunca más. Se detiene a pensar… ¿qué pasa con las promesas que no se cumplen? ¿Quién se animará a averiguarlo primero? No será ella, que termina a los saltos los escalones que le quedan y se dispone a prender fuego todas sus cosas viejas, en una fogata que un rato más tarde iluminará toda la cuadra.

Carlos Gutiérrez existe. Es otro de los vecinos del edificio, aunque ahora se encuentra en una situación bastante distinta. Está cumpliendo los pasos que planificó para su escape: agarra el bolso que tenía preparado para la ocasión, le pide perdón a sus hijos, los sube al auto y les dice “no prometan algo que no saben si van a poder cumplir”. A la vuelta de la esquina, una turba de personas en un jolgorio de indignación contagiosa, reclaman lo que les pertenece. En su anónima y redituable vida pensó que el verso de los televisores gratis iba a convertirse en realidad. ¿Por qué mierda se les ocurrió salir campeones del mundo a esta manga de perros? ¿En qué cabeza cabe?

Juan Carlos se va de madrugada dejando una nota arriba de la mesa para no despertar a Marcela y a sus hijos. En su fuero íntimo no puede entender cómo prometió una pelotudez tan grande. Irse así, primero hasta la terminal de Tres Cruces. Juan Carlos sabe muy bien que su vida va a cambiar, y que es imposible cumplir con lo prometido sin irse a vivir al Chuy. Intenta no pensar en que se está despojando de su familia y de su trabajo. Ya en el Rutas del Sol abre su billetera, llena de fotos y papeles que ya se van transformando en recuerdos ante sus ojos, y busca el pasaje para chequear la hora de llegada. Después de revolver un poco, encuentra un papelito amarillo y gastado, doblado en seis. Lo abre y ve su firma en una esquina. No era necesario ponerse los lentes porque la memoria ya había resuelto el enigma. Sin embargo, se los pone sobre la nariz y con aire melancólico lee: “si Uruguay sale campeón del mundo, me convierto al Islam”.

“Un vendaje rápido y ya está, de vuelta a la cancha” explican los peregrinos de la ruta, protagonistas del éxodo oriental del siglo XXI. Todos coinciden: la gente está con ellos. Y sí, como para no estarlo. “Lo que estamos haciendo acá es demostrar que los uruguayos tenemos palabra” dice Raúl con su recién nacido en brazos. “Dijimos que si salíamos campeones nos veníamos descalzos hasta Salto y acá estamos, yendo a dar la vuelta a la tierra que nos dio a Suárez y a Cavani”.

Cuando pasan por Mariscala son las 2 de la tarde. El pueblo es un caos. La plaza principal está atiborrada de gente. Los pancheros y tortafriteros regalan sus productos. Hace dos días que no hay agua potable ni otros servicios de primera necesidad. Desde que Uruguay salió campeón del mundo dejaron de ir los proveedores y los comercios están cerrados. A nadie le importa. Hay un loop infinito de la canción que dice “hay algo que sigue vivooo” sonando en un parlante en cada cuadra, lo que genera una superposición sonora esquizoide que en cualquier otro contexto sería insoportable. La gente agarra los perros por la calle y los pinta de celeste. La máxima autoridad local, lejos de estar preocupada por el desorden público, está en la plaza principal al lado de un busto cubierto con un mantel que parece ser el gran atractivo de la tarde.

El viejo Jaime está sentado en un banco con hielo en la espalda baja y en las ingles. Recién llegado de cumplir la promesa de irse de jinete hasta el cementerio rural en las afueras de Cerro Convento, Durazno, a dejarle una flor celeste en la tumba a su viejo. El viejo Jaime era niño cuando el Maracanazo, pero en el interior profundo se supo la noticia recién cuando Obdulio y compañía llegaron al país. Este mundial lo había visto en el bar, y ahí nomás cuando pitó el juez y el pueblo se volvió una locura, ensilló el caballo y arrancó. Llegó recién, dos días después, sin que nadie haya notado su ausencia.

Mientras tanto el alcalde agarra con la mano libre el micrófono (en la otra sacude un Dunbar por la mitad) y anuncia la presentación del homenaje al nuevo héroe local. Ese tipo grandote, obsecuente y medio inútil que todo buen alcalde debe tener al lado, desenfunda el monumento en el que un muchacho flaquito, muy mal hecho y con pinta de Peter Pan francés, pide disculpas con la mano. Abajo, una plaqueta muestra: Antoine Griezmann, amigo de la patria.

Montevideo sigue toda tomada. Trepados sobre andamios, artistas e improvisados cubren el obelisco de celeste. En medio de la horda celeste y blanca hay un grupo rojo que sobresale: delegados del SUNCA intentando sin éxito que los pintores se aten con algún arnés. Las pinturerías del centro siguen siendo saqueadas en vano, ya que desde temprano no hay azul ni blanco. Nadie se sorprende cuando ya entrada la tarde 18 de julio se transforma en una alfombra celeste salpicada por tumultos de gente que se arraciman con violencia sobre los pobres noteros de la televisión. El gris del ambiente, ese patrimonio inmaterial de la República, es desplazado completamente.

Otro grupo de hinchas enfervorizados que viene marchando medio en bolas desde la escollera Sarandì hacia el puente Carrasco, queda en shock al pasar por la Ramírez, donde las promesas de baño desnudo en las aguas de la rambla han sido evidentemente miles. Lo que había comenzado en la mañana con algunos cientos de jóvenes cariñosos, se convirtió hacia la tarde en hordas de dementes que se desvestían y abandonaban su ropa a la carrera para sumergirse en un mar de gente. Aparte, como cualquier montevideane sabe, el escaso caudal de la Ramírez hace que el volumen de los cuerpos supere al del agua.

Mientras tanto dos gurisas sentadas en la rambla contemplan ese teatro del fin del mundo y piensan qué lindo debe ser hacer la revolución.