Según los especialistas, hace algo más de una década vivimos en la era progresista, inaugurada con la llegada del Frente Amplio (FA) al gobierno en 2005 y catalogada como la expresión nacional del llamado “giro a la izquierda latinoamericano”.

Hace unos años, sin embargo, sobrevuela la idea de que esta era está llegando a su fin y de que en su lugar vendrá otra. Se va formando un descontento con el progresismo y el FA que aparece en la forma de una confusión generalizada, en la que cada persona que se sintió parte del progresismo tiene su historia de desencanto. Cada una puede reconstruir cuáles fueron las señales que le empezaron a hacer ruido.

En la izquierda, quizás el conflicto con Argentina por Botnia fue la primera señal: el tomar partido por una multinacional enclavada en una zona franca contra un reclamo ambiental del otro lado del río, desplegando una retórica nacionalista y antiecologista por parte de Tabaré Vázquez y sus operadores, e incluso llegando a pedir el apoyo militar de Estados Unidos contra un país socio, vecino y con coincidencias ideológicas, activó en algunos las primeras alarmas.

Las marchas y contramarchas en los intentos de lograr verdad y justicia sobre los crímenes de la dictadura fueron un factor de gran dispersión de energía militante. La derrota en el intento de anular la Ley de Caducidad en el plebiscito de 2009, que la élite del FA acompañó sin acompañar, las disputas en el Parlamento sobre los distintos proyectos de interpretación y derogación de la ley y los ataques de José Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro a las organizaciones de derechos humanos solo sirvieron para agregar confusión y descontento.

A pesar de esto, después de dos administraciones, el FA logró reelegirse para una tercera, en una elección en la que el electorado decidió correrse, en términos relativos, hacia la izquierda: la Unidad Popular (UP) llegó por primera vez al Parlamento, el Partido Ecologista Radical Intransigente estuvo cerca, el FA mantuvo su mayoría absoluta con una reducción interna del astorismo y la aparición de nuevos sectores de izquierda, y el Partido Independiente creció en desmedro de los partidos tradicionales.

Fue recién en este tercer gobierno frenteamplista que el descontento se generalizó, en buena parte porque, lejos de escuchar este movimiento hacia la izquierda, Vázquez decidió moverse violentamente hacia la derecha en todos los frentes. La designación de un gabinete tan conservador como puede serlo uno del FA, el uso y abuso del derecho penal para dar señales políticas, la extrema lentitud en la aplicación de las leyes de regulación del cannabis y de servicios de comunicación audiovisual, la obligación del Fondes de financiar empresas capitalistas además de cooperativas, las votaciones del gobierno a favor de los empresarios en los Consejos de Salarios y el giro hacia una política exterior basada únicamente en la búsqueda de acuerdos de inversión y libre comercio son solo algunos de los campos en los que se puede observar esta tendencia.

Para muchos, la declaración de la esencialidad de la educación por parte del Poder Ejecutivo para evitar paros en la lucha presupuestal, en la que docentes y estudiantes reclamaban el 6 % del PIB (promesa de campaña del propio FA), fue la gota que derramó el vaso. Especialmente luego del despliegue de la Guardia Republicana para desalojar una ocupación estudiantil de las oficinas del Codicen.

Esta sensación de descontento generó, en estos años, reclamos de “giro a la izquierda” en la interna del FA, que encontraron su expresión en la campaña de Mujica contra Danilo Astori en 2009 y en la de Constanza Moreira contra Vázquez en 2014, además de numerosos plenarios y congresos en los que se intentó torcer el rumbo del gobierno y sus medidas.

Si bien Mujica fue exitoso en la interna y resultó electo presidente, su legado es dudoso. La llamada agenda de derechos implicó avances importantes (en varios de los cuales el rol de Mujica fue permitirlos más que impulsarlos), pero demasiado frágiles y superficiales. El gobierno de Vázquez que lo siguió hizo mucho por revertir o frenar las conquistas y las potencias del gobierno de Mujica, pero continuó con sus partes más conservadoras, especialmente en política de seguridad, defensa y recursos naturales.

La izquierda social, en la era progresista, encontró expresiones políticas en las campañas de los plebiscitos contra la privatización del agua (2004), para anular la Ley de Caducidad (2009) y contra la baja de la edad de imputabilidad (2014). A pesar de que el primero y el último resultaron victoriosos, ninguno de los tres puede hoy enmarcarse como parte de una historia de progreso: la contaminación del agua como consecuencia de los fertilizantes, la continuidad de la impunidad y las nuevas leyes que aumentan penas a adolescentes dificultan la articulación de ese relato.

La sensación de crisis llegó entre 2015 y 2016 al seno del progresismo. Las elecciones internas del Partido Socialista, bastión del centrismo frenteamplista, estuvieron cerca de dar el triunfo a una tendencia de izquierda crítica con el gobierno, y el VI Congreso del FA dio vuelta un intento de “actualización ideológica” de acento centrista que había propuesto la cúpula frenteamplista.

Esta larga lista de frustraciones y disputas explica el actual clima de descontento de la izquierda. En este punto, un progresista podría preguntar: ¿y los logros?, ¿no importan? Sí, claro que importan el aumento del salario y de la afiliación sindical, las políticas sociales y las leyes de avanzada. Pero una vez alcanzadas esas conquistas no es evidente cuál es el siguiente paso. ¿Un lento crecimiento del PIB y el salario para siempre? ¿Y aún si fuera desesable, esa trayectoria es posible?

Las marchas y contramarchas, la fragilidad de las conquistas y las importantes resistencias que encontraron en el FA hacen que la hipótesis gradualista se vea cuestionada. El hecho de que algunas de las victorias de la izquierda sean en realidad resistencias a los gobiernos frenteamplistas (como la derrota del tratado de libre comercio —TLC— con Estados Unidos y del Acuerdo en Comercio de Servicios —TISA, por sus siglas en inglés—), junto con la desactivación de los “giros a la izquierda” a la interna del progresismo, hacen que sea difícil pensar en cómo desequilibrar en ese campo. Parece difícil que, dada la relación de fuerzas interna y la dirección en que se han movido el Estado y las condiciones ideológicas actuales, pueda aparecer una propuesta superadora desde el progresismo.

El descontento de izquierda está hecho, en buena parte, de jóvenes y veteranos derrotados en los intentos de crear esas propuestas. El ejemplo más claro son aquellos militantes que estaban insertos en la izquierda social al mismo tiempo que en el FA. Personas que entendieron que debían dar la batalla a la interna, pero que perdieron, y por eso debieron defender posiciones indefendibles frente a sus compañeros en lo social.

Caído el gradualismo, aparecen la crudeza de la lucha, los intereses en juego, la inserción del país en el capitalismo global y, sobre todo, el rol que ha tenido el progresismo desde hace décadas en la desmovilización y la desideologización de la izquierda, allanando el camino para la subordinación al discurso tecnocrático de organismos como el Banco Mundial, las Naciones Unidas y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Sin idea de progreso, cambia el pasado. Las que eran concesiones provisorias pasan a ser concesiones a secas. El agronegocio contaminante y concentrador de la tierra, las tercerizaciones y precarizaciones a lo largo y ancho del Estado, la captura del gobierno por parte de las burocracias policiales y militares, y los pactos con empresarios deben ser analizados como parte del programa progresista, junto con los logros.

Sin embargo, el descontento en la izquierda no dio paso a la aparición de un emergente que cuestionara la legitimidad del sistema político o trastocara la forma como entendemos la política, ni siquiera en el momento más profundo de la crisis generada por la esencialidad de la educación. La hegemonía progresista sobre la izquierda no ha sido quebrada.

Emergieron, evolucionaron y crecieron en estos años izquierdas fuera, contra y más allá del FA. La UP, escisión del FA en 2006, logró en 2014 una banca en el Parlamento y tiene una creciente influencia en algunos espacios de militancia social. Florecieron, además, agrupaciones y ambientes autonomistas, socialistas, feministas radicales, anarquistas, ecologistas, de intelectualidad crítica, bebiendo en parte de corrientes previas y en parte del creciente descontento con el FA, aunque muchas veces negando pasados personales y colectivos de adhesión al FA y al amplio mundo del progresismo. A pesar de su crecimiento, la izquierda radical no ha logrado, todavía, interpelar a la izquierda disconforme, crear una narración que dé cuenta de la situación, ni trascender sus pequeños nichos.

En el caso brasileño, que presenta algunos puntos de contacto, sí apareció un emergente. Fue en junio de 2013, cuando protestas contra los gastos y la corrupción desencadenados por la organización del mundial de 2014 y por el transporte gratuito en algunas ciudades, se volvieron manifestaciones masivas en las que participaba una parte importante de la izquierda y el movimiento estudiantil. Estas protestas fueron reprimidas e incomprendidas por el gobernante Partido de los Trabajadores (que entre los 90’ y los 2000’ siguió un camino de “corrimiento al centro” similar al del FA), que al disolverse dieron paso a más manifestaciones masivas, esta vez de derecha.

A pesar de esto, Dilma Rousseff logró ganar las elecciones de 2014, con un programa de izquierda y en buena medida gracias a los votos y la movilización de los descontentos de 2013, que la prefirieron antes que una victoria de la derecha. Inmediatamente después de su triunfo, Rousseff nombró un gabinete con varias figuras del neoliberalismo y el empresariado locales, y comenzó un ajuste fiscal exigido por “los mercados”. El ajuste no fue suficiente para quienes lo exigían, la movilización de derecha creció, las acusaciones de corrupción cundieron y todo eso terminó con un impeachment que removió a Rousseff y al PT del gobierno.

Hoy Brasil cuenta con un gobierno extraordinariamente corrupto encabezado por Michel Temer, ex vicepresidente de Rousseff, que se ha dedicado a golpear a las organizaciones sociales, reprimir, congelar el gasto social, privatizar empresas públicas y entregar el país a los negocios de sus amigos y las multinacionales. Temer significó un quiebre importante respecto a las políticas progresistas del PT, pero también significó una continuidad y profundización de sus transas con el gran capital, su corrupción, su degradación ambiental y su represión.

La situación actual no pone ya en cuestión el giro a la izquierda o el progresismo brasilero. Lo que está en juego ahora es algo más profundo: la democracia, el Estado de derecho, las libertades básicas, la capacidad del Estado de controlar su territorio y de poner un coto a los intereses privados. Estas son las bases del compromiso del progresismo con el régimen, y es así que lo que está en crisis hoy no es el progresismo brasileño, sino el régimen mismo y la credibilidad de su lenguaje y sus promesas. Difícilmente podemos decir hoy que en Brasil existe una democracia y que sea esperable algo más que una distopía neoliberal de estado policial, desastres ambientales, extremas diferencias sociales, simulacro mediático y despojo de las clases populares.

Si junto con Brasil pensamos a Paraguay, Colombia, Venezuela, América Central y México, podemos entender que estamos en una época en la que no alcanza pensar la política en términos de la disputa “normal” en el sistema político entre centroizquierdas y centroderechas. Es una época en la que democracia, derechos humanos y desarrollo ya no son conceptos que dan cuenta de la realidad y de las aspiraciones que es razonable tener.

Pensar el fin de la era progresista nos obliga a pensar en el contexto y el régimen del que el progresismo forma parte. Y, sobre todo, en cómo afecta la decadencia del progresismo a ese régimen.

Este texto fue escrito por el equipo de entre. Fue el fruto de varias discusiones entre nosotrxs a partir de las preguntas planteadas, que luego redactamos colectivamente.

Esta edición fue revisada y corregida en febrero de 2018.

En la narración anterior aparecían tres entidades en cuya relación se juega algo importante: el progresismo, la izquierda y el neoliberalismo. Comencemos con una hipótesis: el progresismo es la forma de subordinación de la izquierda al régimen neoliberal.

La historia de esta subordinación comienza con la dictadura, como momento clave para la implantación del neoliberalismo en Uruguay. Además de liquidar de la manera más brutal a los impulsos radicales de los 60, eliminando a los sindicatos y a la izquierda, aplicó medidas de apertura y financiarización económica que sentarían las bases para el neoliberalismo uruguayo futuro. Este neoliberalismo floreció en un contexto en el que la izquierda estaba vedada del espacio público y el pachequismo, el ruralismo, el catolicismo conservador y la doctrina de la seguridad nacional conformaron juntos una ideología anticomunista de ultraderecha.

Los extremos de sufrimiento infligidos a la izquierda por medio de la persecución, la clasificación de los ciudadanos, la censura, la prisión, la violencia sexual, la tortura, la muerte y la desaparición, ocupan hasta el día de hoy un lugar central pero no siempre dicho en la memoria de la izquierda, como un trauma luego del cual nada volvió a ser igual. El miedo a que se vuelva a desatar la ira del Estado es hasta hoy una parte de la obsesión de la izquierda uruguaya con evitar los desbordes y proteger las instituciones.

La amenaza de un retorno a la violencia estatal y el miedo de la izquierda a esta amenaza son ambas expresiones del trauma que generó el terrorismo de Estado. De alguna manera, el juego de la transición de 1985 se da entre dos posibles retornos: el retorno a la tortura y la desaparición o el retorno a nuestra “esencia democrática”. Esta es la clave del pacto transicional: no solo no hay lugar a la crítica de la democracia que nace, sino que en este juego no hay espacio disponible para el pensamiento acerca de lo nuevo. Un retorno u otro.

La opción era clara entonces, la salida pactada aparecía como la única razonable. Un pacto de señores, a los lados de una “sencilla mesa” frente a la gran estufa central del Club Naval, donde se sentaron las bases de la transición en un documento de doce puntos, ratificados (en su contenido y en sus omisiones) por todas las fuerzas políticas presentes.

Se volvió, como si no hubiera pasado nada, a una democracia liberal con un gobierno batllista. Pero al mismo tiempo nacían el primer shopping y la primera universidad privada. Pronto aparecieron los primeros intentos privatizadores, a los que respondieron plebiscitos interpuestos con éxito por los trabajadores y la izquierda. Pero la ola era demasiado grande: no se podían hacer plebiscitos contra el avance del neoliberalismo en los organismos internacionales ni en las ciencias sociales, no iba a haber elecciones entre el homo economicus y el zoon politikon. El neoliberalismo pasaba de ejercer la dominación por la fuerza a disputar hegemonía, legitimarse y volverse sentido común. Nacía el “nuevo Uruguay”.

En la izquierda siempre hubo opiniones diferentes sobre cómo lidiar con el avance neoliberal. Para algunos había que resistir, denunciar y plantear alternativas radicales de transformación. Para otros, adaptarse. Esto significaba “correrse al centro” y adoptar el neodesarrollismo (fusión entre desarrollismo y neoliberalismo elaborada en la Cepal) como estrategia económica. La visión de este bando (el progresismo) era la de lograr un crecimiento económico basado en las inversiones extranjeras, acompañado de intervenciones estatales que permitieran aumentos graduales del nivel de vida de la población, siguiendo los objetivos y los acuerdos alcanzados en los organismos internacionales. Esta visión de progreso, que resultó vencedora en esa puja estratégica, es la que le da nombre al progresismo, consagrado en la creación del Encuentro Progresista para las elecciones de 1994.

En esos años el colapso de la Unión Soviética, el corrimiento hacia el neoliberalismo de las socialdemocracias europeas (llamado tercera vía) y el miedo a la “ira de los mercados” en una economía globalizada (que se agregaba al miedo a la represión) fueron de gran ayuda al progresismo, que logró gradualmente domesticar a la izquierda, enmarcando los términos de su deseo.

La crisis de 2002 fue un momento clave en este proceso, en el que el FA se ganó definitivamente el derecho a gobernar. Por un lado, la crisis demostró que las políticas neoliberales traían un enorme sufrimiento humano y que debían ser introducidas regulaciones y sistemas de protección social. Por otro, puso en valor la unidad del sistema político y la defensa de las instituciones (liberales) que son la seña de la excepcionalidad uruguaya. Además, afianzó la ideología neoliberal de que la economía es una fuerza incontrolable, cuyas crisis vienen “de afuera” y de que la apertura a ese afuera es irreversible.

La existencia del FA como alternativa de izquierda salvó al sistema político, y así el FA se transformó en el partido del estado. A partir de entonces, la comparación con 2002 se volvió el centro de la narración progresista y cada logro fue mostrado como una recuperación respecto de esa crisis y de los 90 que la provocaron. La gráfica que muestra algún indicador creciendo desde 2002 es el gran símbolo ideológico del progresismo y de su promesa de prosperidad y autoestima nacional.

Además, el ejemplo de la crisis de 2001 en Argentina, con saqueos, muertos, insurrecciones y cuasi colapso del sistema político, sirvió de contraejemplo a una izquierda que quería mostrarse prolija. El nacionalismo liberal uruguayo ha construido una narración sobre Argentina que se ha convertido en un velo ideológico que debemos levantar. Argentina, y en particular el miedo antiperonista a la argentinización de la política uruguaya, tiene un rol importante en la autoimagen ideológica del progresismo uruguayo.

En Argentina la crisis no se resolvió con un pacto de la clase política, sino con una revuelta que tuvo como lema “que se vayan todos”, cuyo resultado no fue una relegitimación del sistema político en clave liberal (como en Uruguay), sino en clave populista. El kirchnerismo entendió el ánimo destituyente y apostó al descontento con el menemismo y el neoliberalismo, buscando legitimidad en las luchas por los derechos humanos y peleas contra los acreedores, los sojeros y los grandes medios de comunicación, designados como antagonistas.

El kirchnerismo creció poniendo al sujeto popular en el centro, expresado en actos callejeros, en una identidad radicalizada y movilizada, que cantaba, bailaba, se enojaba, cogía, lloraba, le dejaba de hablar a sus amigos de derecha. El cuerpo kirchnerista está alegre, alerta, crispado.

El kirchnerismo politizó la historia. Ejerció intensamente el revisionismo para inscribirse en un tiempo largo de resistencias, insurrecciones y nacionalismos: de Tupac Amaru a Juana Azurduy, a José de San Martín, Juan Manuel de Rosas, Juan Domingo Perón, Héctor José Cámpora y Fidel Castro. Reivindicó a la juventud revolucionaria de los 60 y los 70, y no solo como víctimas, sino también como portadores de la posibilidad de transformación, defendiendo sustantivamente su acción revolucionaria. La dictadura fue ubicada como el enemigo, y no por razones institucionalistas, sino por ser, además de brutal e ilegal, un agente del capital y la oligarquía. Macri, basura, vos sos la dictadura.

Esto fue posible, en parte, porque la salida de la dictadura en Argentina no fue pactada, sino fruto del colapso del régimen, que terminó con un juicio a las Juntas. En la comparación entre las salidas de la dictadura y la crisis de 2001-2002 de ambos lados del río, se puede entender algo de las diferencias entre los “giros a la izquierda” uruguayo y argentino. En Uruguay, el acuerdo y la continuidad; en Argentina, la ruptura.

En Argentina existe una disputa, especialmente intensa luego de la derrota del kirchnerismo, sobre el significado de la insurrección de 2001 entre kirchneristas y autonomistas, en la que el autonomismo acusa al kirchnerismo de cooptar la energía radical de los piquetes, las revueltas y las asambleas en favor de una relegitimación del Estado que terminaría desmovilizando a la sociedad, o intentando movilizarla desde arriba, cada vez con menos éxito.

Mientras, el deseo neoliberal y el microfascismo se extendieron en una sociedad en la que cundieron el simulacro mediático y el consumismo. Rascando un poco en la imagen de un pueblo movilizado, seguía estando la orgía menemista de los 90, con Marcelo Tinelli, Susana Giménez y Mirtha Legrand como paladines, Jorge Lanata como converso dando testimonio y Ricardo Fort como mártir por sobredosis de símbolos.

El kirchnerismo degeneró lentamente en un sistema personalista, corrupto, vampirizador de energía social y dependiente de la caja del Estado para mantener el orden. La reacción macrista creció y se unificó aprovechando la necesidad kirchnerista de un antagonista, para después derrotarlo.

En Uruguay, mientras tanto, no hubo insurrección contra la crisis, porque allí estaba el FA para canalizar el descontento. No hubo reivindicación de los 60, porque era necesario aprender las lecciones del pasado, ni se desafió la narración del establishment sobre los pactos de 1985 y 2002, porque había que respetar las instituciones.

Argentina sirvió así para transformar la desmovilización, la desideologización y la integración al establishment en virtudes, en parte por medio de la narración sobre el excepcionalismo uruguayo y la salud de su sistema político. Como si la corrupción, el personalismo y la derrota fueran inherentes a la movilización, la pasión y el antagonismo. Acá seguimos teniendo progresismo porque no se cometieron esos pecados.

No debemos olvidar que la Alianza de Fernando de la Rúa fue para muchos en el FA un referente luego de su victoria contra el menemismo, al igual que lo fue la Concertación chilena en los 90. El “milagro chileno” era reivindicado por el progresismo como una izquierda capaz de generar indicadores positivos de crecimiento económico y todo tipo de estadísticas. La derrota contra Sebastián Piñera en 2009 y la emergencia del movimiento estudiantil en 2011 destruyeron esta ilusión: el carácter profundamente neoliberal del progresismo neodesarrollista chileno quedó expuesto, y el origen de ese neoliberalismo en los pactos de la transición se hizo evidente. La Concertación era una izquierda hegemonizada por los Chicago Boys, pecado que intentó expiar disolviéndose en 2013 en una Nueva Mayoría con un programa más reformista e incluyendo al Partido Comunista, y aun así no logró evitar la aparición con fuerza de un FA como oposición por izquierda, ni una nueva victoria de la derecha en 2017, derecha que sigue cosechando frutos de la hegemonía que le regaló el consenso neoliberal cultivado en décadas de concertación. Para el progresismo, Chile ya no puede ser tomado como ejemplo, porque, en caso de hacerlo, sería ejemplo de los peligros de sobreadaptarse al pacto de transición y de ceder ante el neoliberalismo.

El progresismo uruguayo funcionó a la vez como estabilizador y amortiguador de la hegemonía neoliberal. Fue aceptando el consenso punitivista en seguridad, el consenso de los commodities, el consenso sobre la tercerización en la gestión pública, el consenso tecnocrático en educación, el consenso sobre la cultura como “industria cultural”, el consenso sobre lo indeseable de la insurrección y la política de masas, y el consenso sobre la institucionalidad como el valor máximo.

Decimos que estabilizó la hegemonía neoliberal porque si el progresismo no aceptaba esos consensos, no existiría tal hegemonía, y que la amortiguó, porque el progresismo se presentó como representante de una versión heterodoxa, moderada y negociada de esos consensos, lo que habilitó avances en terrenos laborales y sociales contra una derecha que siempre quiso ir más allá en el camino neoliberal. Era este marco en el que el progresismo presentaba su proyecto transformador.

Cuando pudo, la izquierda intentó disputar esto y dotar de otro sentido al progresismo, pero, por medio del control del gobierno (y de la ayuda de los medios, las empresas y la derecha), el progresismo fue cerrando vías de disputa, y la izquierda se encontró en la difícil posición de, o bien defender la inclusión financiera, la ley de riego, los TLC y la segunda planta de UPM como grandes puntos de agenda, o bien debilitar o desertar de su principal arma electoral.

El segundo período de Vázquez, tercero frenteamplista, fue el momento en el que el progresismo intentó solidificar su hegemonía sobre la izquierda. Con la izquierda recibiendo golpes, desorganizándose y resistiendo como podía, la élite frenteamplista instrumentalizó a sus jóvenes y los arrastró por el suelo. Dos pájaros de un tiro: afinó el tamiz por medio del cual solo consiguen ascender las figuras jóvenes de declarada lealtad al proyecto progresista, mientras disciplinó al resto enviándolo a la primera línea de fuego en disputas contra otros izquierdistas.

El progresismo hizo así mucho daño a la izquierda (y no solo a la joven) al pensar que podía sobrevivir apostando únicamente al bolsillo. Lo que el progresismo no tuvo en cuenta es que una crisis de la izquierda genera necesariamente una crisis del progresismo: es la izquierda la que permite al progresismo tener movilización, militancia, agenda, llegada territorial, vínculo con organizaciones y discusión intelectual.

Además, el desequilibrio cada vez mayor de la alianza entre la izquierda y el progresismo en favor de este último habilita que la izquierda cuestione su subordinación al progresismo. Eso ya está pasando, y es difícil prever sus consecuencias.

Pero mucho de lo que hoy llamamos progresismo fue también una potencia, una imaginación de lo que podría ser después de cada triunfo, pensando el progreso no como un camino hacia el Primer Mundo, sino como un camino a la transformación radical de la sociedad por medio de un reformismo cada vez más ambicioso. ¿Qué pasaría si los cientos de miles de nuevos afiliados a sindicatos se conformaran en una fuerza social movilizada e ideologizada? ¿Qué pasaría si la legitimación de la disidencia sexual generara un cambio de sensibilidades y deseos en la sociedad? ¿Qué pasaba si después del Goyo iban presos todos los demás torturadores y asesinos? ¿Qué pasaba si las políticas para el sector cooperativo generaban una fuerza que comenzaba a desplazar a las empresas capitalistas? ¿Qué pasaba si el Foro Social Mundial seguía irradiando energía de movilización? ¿Qué pasaba si después del no al ALCA se creaba un bloque continental alternativo?

El progreso para la izquierda era la apuesta a que los cambios incrementales abrirían la puerta a continuidades transformadoras. El problema es que eso raramente ocurrió, y el freno siguió a cada impulso, demostrándose las conquistas como frágiles, superficiales y llenas de adversarios en la interna de la propia coalición. El progreso progresista derrotó al progreso de izquierda.

Si el progreso continuaba era progreso, pero si no, eran momentos de luchas intermitentes y empates catastróficos. El pasado cambia. Podríamos pensar el progresismo desde una perspectiva que no mire la historia desde el lado de los ganadores. Para ellos, hubo una lenta maduración de la izquierda que lleva hasta la derechización actual, expresión de su responsable adultez. Por eso es importante recordar los momentos y las potencias radicales de la izquierda uruguaya para entender qué las derrotó, qué vive de ellas y cómo invocarlas en el momento de peligro. El giro a la derecha, si bien muchos lo están buscando y logrando hace tiempo, fue gradual, y en muchos campos su victoria es relativamente reciente.

Podemos, a partir de aquí, pensar dos escenarios a futuro.

Podríamos imaginar la continuidad del camino progresista. El del país que efectivamente logra desarrollarse: el milagro uruguayo. Pasar a Singapur en las pruebas PISA, lograr una autonomía enraizada como Corea del Sur. Las inversiones siguen creciendo, las reformas se siguen haciendo, consumimos las grandes marcas del Primer Mundo, nos preocupamos por la inmigración, nuestras calles se llenan de pantallas gigantes, nuestros suburbios de barrios privados, nuestras ciudades se desarrollan junto a sus zonas francas, y debajo de ellas, estacionamientos. Estamos entre los países nórdicos en los rankings. Trabajamos más horas que en cualquier lugar y cambiamos mucho de trabajo, nunca dejamos de formarnos porque sabemos que nuestro trabajo no existirá en el futuro. Seremos una sociedad del conocimiento, Google y Facebook ubicarán sus sedes latinoamericanas en Montevideo. Las estrellas de Hollywood vendrán a La Pedrera, las comparsas de candombe girarán por Europa. Habrá trazabilidad de cada animal del campo y seremos pioneros en la universalización del chip en todos los ciudadanos. El gobierno dará a cada uno un voucher de wellness para usar en su gimnasio o spa de preferencia. Cada metro cuadrado de la ciudad será vigilado con rayos X e infrarrojos. Se repartirán premios nacionales y todo estará organizado en diálogos nacionales que crearán sistemas nacionales productores de excelencia de exportación. Habrá alternancia entre partidos liberales y desarrollistas para siempre.

Podríamos imaginar también escenarios de desestabilización del progreso progresista. Ejemplos no nos faltan. En muchos lugares de América Latina y Occidente, las centroizquierdas colapsan ante las demandas de ajuste del neoliberalismo y los mercados: o pueden no ajustar y recibir los escarmientos correspondientes, o pueden ajustar, pegarse al establishment y perder sus bases sociales. Emmanuel Macron y Hillary Clinton son los ejemplares del progresismo neoliberal. El Partido Socialdemócrata de Alemania, el Partido Democrático de Italia, el Partido Socialista Francés, el Partido Socialista Obrero Español, el laborismo británico, el Partido Socialista de Chile, el PT de Brasil, y otros centroizquierdismos se encuentran en plena crisis de identidad. No es extraño que esto le esté pasando también al FA.

En estos escenarios, aparecen ultraderechas violentas, machistas y racistas, reivindicadoras de colonialismos, fascismos y dictaduras del pasado, y agitadoras de los del futuro. Y las derechas convencionales se mueven en esa dirección, un poco por prudencia electoral y otro poco por una cada vez mayor autoestima ideológica. En Polonia y Hungría existen gobiernos de ultraderecha, el nacionalismo capitalista avanza en Turquía, India, Rusia y Estados Unidos, donde gobierna un magnate racista mientras sale a la calle el Ku Klux Klan. Bandas fascistas merodean por cada vez más ciudades, en Francia y Gran Bretaña las centroderechas acentúan su xenofobia y en Brasil Jair Bolsonaro y João Doria crecen en las encuestas.

En algunos casos aparecen otras izquierdas, a veces en el campo político y a veces en el campo social. Occupy Wall Street, la campaña de Bernie Sanders, el 15M, Podemos, las CUP, Exarchia, Syriza, los Pingüinos, el Frente Amplio chileno, el Partido Socialismo y Libertad, junio de 2013, la campaña de Jeremy Corbyn, Rojava, la Comuna de Oaxaca, la Primavera Árabe. Si bien estas izquierdas muchas veces fracasaron, fueron aplastadas, se desvanecieron o se traicionaron, también visibilizaron posibilidades de desborde y transformación que los progresismos ocultaban.

Se hace cada vez más difícil ofrecer orden y crecimiento económico al mismo tiempo que justicia social, porque cada política benefactora es una carga para el inversor. Las crisis políticas en esta época se expresan como colapsos de la centroizquierda, que es el eslabón más débil del sistema, ya que no tiene nada que ofrecer: si lo que se busca es orden y seguridad para los inversores, será mejor una derecha verdadera, y si lo que se busca es transformación, difícilmente venga del progresismo.

Las crisis económicas han sido grandes dinamizadoras políticas. Fueron las crisis de finales de los 90 y principios de los 2000 que trajeron el giro a la izquierda en Brasil, Argentina, Bolivia y Uruguay. Y fue la crisis global de 2008 y su espiral de crisis bancarias, distorsiones de precios y espirales de deuda que generaron insurrecciones, golpes, despliegues imperiales, separatismos y una sensación de desorientación política generalizada.

Si tuviéramos que encontrar una narración para lo que empieza en América Latina, tendríamos que pensar que si hace una década el presente se llamaba “giro a la izquierda”, hoy se llama caotización. La crisis, en parte, es una crisis del fukuyamismo, del mundo sin historia en el que la democracia y el capitalismo reinarían para siempre que emergió de la caída del socialismo real.

Ver al régimen sumirse en el caos tiene ciertamente su lado erótico, pero también su costado sombrío. La estabilidad fukuyamista nos protege, o promete protegernos. El pacto del 85, como versión uruguaya del consenso neoliberal, tiene una cláusula implícita: si no vuelve la izquierda radical, no volverá la ultraderecha. Su obsesión es el exorcismo de los dos demonios.

Se abren en este punto muchas preguntas para las que no tenemos respuestas. ¿Cuál de estas trayectorias es la más probable? ¿Qué tanto juega en esto lo electoral? ¿Qué tan duro sería el ajuste si ganaran los partidos tradicionales? ¿Se puede romper el FA? ¿Qué tan relevantes son las otras opciones partidarias?

Probablemente en estas preguntas no encontremos respuestas a otras, más profundas. ¿Se está procesando o puede procesarse un rearme del movimiento social? ¿Cómo disputarle ideológicamente al neoliberalismo? ¿Cómo es la subjetividad progresista y cómo nos relacionamos con ella? ¿Qué está emergiendo? ¿Qué de lo que emerge podría ayudarnos a imaginar una situación radicalmente distinta?

Podemos definir al sujeto progresista como el mundo ampliado de alianzas del FA en el gobierno, incluyendo al propio FA, sus cuadros, sectores, bases y militantes, y las alianzas y simpatías de estos en sectores del sindicalismo (Articulación y comunismo), la cultura (el teatro independiente, el carnaval, el achugarismo), la sociedad organizada (Proderechos, Ovejas Negras, Cotidiano Mujer, Mujer y Salud en Uruguay, El Abrojo y otras ONG y organizaciones territoriales), las fundaciones y organismos internacionales (Fesur, numerosas oficinas y burócratas en el sistema de Naciones Unidas), la universidad (varios núcleos intelectuales en diferentes facultades, junto con algunos actores asociados al reformismo), los medios de comunicación (la diaria, La República, Océano, Del Sol, M24, Televisión Nacional Uruguay, Subrayado, Brecha) y el empresariado (Buquebus, Cutcsa). Quienes escribimos este texto, por supuesto, vivimos en este mundo.

Esta red de alianzas es una construcción compleja, compuesta, por un lado, por los lazos históricos de diferentes organizaciones entre sí y con los partidos de izquierda y, por otro, con los armados de poder que apuntalan a los gobiernos progresistas, con amplias zonas de superposición. Las alianzas en la izquierda son una construcción que lleva décadas y que, de hecho, son anteriores a la existencia del progresismo y del propio FA. Refleja mucho más que el poder de un partido: la capacidad de la sociedad de organizarse y de resistir al neoliberalismo, y de poner en el gobierno a una fuerza aliada.

Pero durante los gobiernos progresistas, las burocracias estatales, los sectores empresariales, los financiadores internacionales y los tecnócratas se sumaron a la red de alianzas y la complejizaron. Esta red involucra grados de conflicto y cooperación, incluyendo a gente que intenta desplazar la red hacia la izquierda y otra que busca hacerlo hacia la derecha, y desacuerdos en cada uno de esos ambientes sobre la forma de relación con el gobierno. Algunos, de hecho, forman parte de la red de manera indirecta, no por vínculos directos con el FA, sino con otras organizaciones vinculadas al FA o a sus mundos militantes o gubernamentales. Así, las fronteras entre el progresismo y la izquierda son porosas, y los vínculos entre ellas están dados por razones políticas, pero también personales, económicas y afectivas. La complejidad de la alianza, eso sí, no resta claridad al hecho de que la hegemonía a su interior es del progresismo.

Si entendemos al sujeto progresista de esta manera, tenemos que decir que está en graves problemas, ya que depende de una alianza entre la élite del FA y una serie de sectores de izquierda que el gobierno de Vázquez aliena, desorganiza, confunde y aleja. El giro a la derecha pone cada vez más en peligro la cohesión de este ya inestable sujeto.

Sin embargo, preferimos pensar al sujeto progresista desde ciertas figuras y formas de vida paradigmáticas que tienen entre sí cierto parentesco y que nos dan una vía de acceso para analizar qué subjetividades se han expandido en estos años. En este segundo sentido, el sujeto progresista goza de mejor salud. La pregunta que queremos responder en este punto tiene más que ver con las formas de vida que con el sistema político. ¿Cómo vivimos? ¿Qué nos hacemos? ¿Qué pasiones nos animan? ¿A qué le tenemos miedo? ¿Cómo somos en la era progresista?

Las sensibilidades, subjetividades y deseos que nos habitan se fueron cociendo a fuego lento durante la larga marcha del neoliberalismo y el progresismo en Uruguay. Con el nuevo Uruguay vino el nuevo uruguayo.

Igual que con el progresismo, la historia del sujeto progresista comenzó con la dictadura. Su final significó la liberación de los presos políticos, la vuelta a casa de muchas personas exiliadas y un aplacamiento de la violencia política. Y en el sector insiliado, reducida su confianza a las paredes de su casa, significó que entraran el aire y la luz. Quizá, y solo quizá, la democracia fuera algo más que la restauración imposible de un Uruguay que no existía más. Pero el movimiento de apertura fue cerrado por la restauración del 85, consagrada en el plebiscito del 89. Y la victoria de ésta fue convencernos de que era eso o la dictadura para siempre.

La gente no es tonta, ni se deja engañar. Quienes vivieron la dictadura pueden encontrar razones para sospechar de su vecino. En Uruguay, la estrategia de la dictadura fue la tortura y el encarcelamiento masivo. Para llevarlo a cabo, los gobiernos militares se valieron de la complicidad de miles de civiles en diferentes grados. Unos por dinero, otros por convicción, otros por chantaje, otros por la tortura. Ese brazo represivo del Estado no se fue a ninguna parte. Esta verdad que todos sabemos, pero que negamos con disciplina, trabaja sistemáticamente en nosotros. Tal vez la herida más honda ha sido esa: el trauma de que en cada persona hay un posible enemigo.

Un síntoma de esta sospecha lo podemos encontrar en la manera en que se manifiesta la preocupación por la inseguridad. Si el peligro es nuestro cuerpo alertándonos de una amenaza inminente o posible, la inseguridad es nuestra mente recordándonos que lo poco que hemos conseguido lo podemos perder. Cuando se piensa que el otro, como si fuéramos militares o empresarios, es un competidor o un adversario, las relaciones sociales se vuelven sospechosas, y así el mundo se vuelve un lugar cínico, donde los proyectos colectivos se imaginan perdidos antes de comenzar, aunque luego se encaren con pasión, una pasión cínica. La textura del Uruguay en el que vivimos está entrelazada con este individualismo posesivo, diluyente y sociofóbico.

El empresario en competencia perfecta no tiene agencia, hace lo que indican los lugares de cruce entre las curvas. Es libre, piensa, tiene tarjetas de crédito, suma metros, compra en Woow, pide comida por PedidosYa, ahorra plata, ahorra energía, ahorra tiempo, aprovecha los descuentos. Pero no puede hacer nada. Entonces vota a Astori, mira a Tinelli, comenta las noticias en Facebook, o ni eso. Tiene tarjeta de puntos, y dona cinco pesos a la Fundación Muñón, porque la cajera lo mira raro si no.

Esta mentalidad no es otra cosa que una forma ideológica de poner en escena las relaciones capitalistas: la competencia, la productividad, el individualismo, el emprendedurismo, la búsqueda de nuevas propiedades. En la era progresista, mientras festejábamos logros, el neoliberalismo avanzó imparablemente en la cultura y en las formas de vida.

La izquierda a veces se queja de que en estos años no se dio la batalla cultural. Esto no es preciso. En verdad, la batalla cultural existió, y la ganó el progresismo, lo que implicó que en esta batalla la izquierda no se expresara como tal. Frases tecnocráticas y aspiraciones desarrollistas ocuparon el lugar del habla política. La derecha frenteamplista ha tenido una gran capacidad de construcción de hegemonía, junto con la maquinaria emprendedora, empresarial y tecnocrática. Tenemos que trabajar en equipo. Estamos en el siglo XXI. El camino es la recompensa.

No ha sido menor el lugar del proceso Tabárez en la construcción ideológica del progresismo. Y se ha constituido como tal, al igual que el progresismo, en torno a su éxito, que se procesa también más allá del deporte: el proceso Tabárez se ha consolidado como una narración de nuestra historia que acopla al nivel de la vida cotidiana la victoria del esfuerzo, la disciplina y el trabajo constantes, frente a la improvisación, la desprolijidad y aquello que decía el Canario García: “Los uruguayos, con un asado y un vaso de vino, siempre corrieron bien. Lo de la nutricionista se lo dejo a Beckham”.

Óscar Washington Tabárez civilizó el fútbol, y finalmente alcanzamos el sueño de dejar de atar las cosas con alambre, en el que el sacrificio y el profesionalismo traen las alegrías y los colores. Y cuando importó, hubo recompensa. El camino es la recompensa, porque si no hay recompensa no es el camino. O mejor dicho, si el camino se convirtió en la recompensa, es porque hubo recompensas a lo largo del camino. Tal vez más que con cualquier otra cosa, el fútbol nos dejó hincharnos de alegría al pensar en nuestro país y alcanzar un renovado reconocimiento internacional. Y de ahí en adelante: el Ballet Nacional del Sodre y el proceso Julio Bocca, Jorge Drexler ganando un Oscar, María Noel Riccetto ganando premios, la primera escuela sustentable de Latinoamérica en Jaureguiberry, los telones del Sodre en Hong Kong, el creador de Tiranos Temblad en Cartoon Network y la constante búsqueda del ojo extranjero que nos felicite porque como el Uruguay no hay.

No vamos a soñar con cosas imposibles, pero estamos bastante bien. Quizás en los 50 estábamos mejor, pero eso es el pasado y tenemos que dejarlo atrás. Tenemos que terminar de hacer el duelo de Maracaná y el batllismo y entender las condiciones actuales de competitividad. Y tenemos que hablar bien, trabajar mucho, ser ordenados, hacer las cosas con seriedad y abrirnos al mundo.

Uno de los únicos actos de masas de un presidente frenteamplista en la era progresista, de hecho, fue el recibimiento de Mujica a los jugadores semifinalistas de Sudáfrica 2010. El fútbol fue importante para metaforizar la autoestima nacionalista del progresismo, durante el que proliferaron discursos sobre la transformación de la forma como se vive: religiosidades neoliberales en las que la fe funciona como una inversión, cultos a “la energía” según los cuales tenemos que aceptar lo que nos viene, fetichismos tecnológicos que buscan suplantar a la democracia por apps, higienismo científico social que busca ordenar a los pobres, movidas light y fitness que asocian la buena vida con el cuidado obsesivo del cuerpo.

Que el líder político de esta era sea un empresario y médico oncólogo no es entonces casualidad. Vázquez es un ejemplar de cierta forma de vida. Es un self-made man que se hizo de abajo, que se formó. Es moderado, prudente, con cierta rigidez moralista. Cuentan que, antes de comenzar su consulta oncológica, Vázquez desfilaba ante sus pacientes, abría sus termos y les echaba agua fría. De esta manera, les decía, estaba previniendo el cáncer de esófago. Pero Vázquez es un pragmático, un hombre de Estado más allá de la ideología, concentrado como un láser en su tarea de desmantelar los impulsos socialistas de la izquierda uruguaya, en particular del gobierno de Mujica.

El Pepe fue una víctima de esta picadora de potencias. Las apuestas (reales o imaginadas) a la inversión de las empresas públicas, la integración regional, el crecimiento basado en el consumo interno, las cooperativas y el “protosocialismo” oleskerista quedaron en el pasado. Pero el Pepe cuenta con una historia increíble, un carisma excepcional, y es de los pocos políticos verdaderamente queridos de este país. Es como si existieran dos personajes: cuando es una potencia, es el Pepe; cuando es una frustración, es Mujica.

El Pepe es una persona común, un filósofo de boliche que ejerció un magisterio de cómo vivir siendo de izquierda. Se llama a sí mismo militante social, y en un sentido micropolítico su discurso anticonsumista es genuinamente revolucionario. Pero el legado de Mujica es la extranjerización de la tierra, la impunidad, el amansamiento de la izquierda. El Pepe es la irrupción de un político no tradicional; Mujica, un producto de exportación. El Pepe predica sobre reducir el consumo y las bondades de la vida natural; Mujica quiere más fracking y menos viru viru. El Pepe quiere educación, educación, educación; Mujica quiere “juntarse para hacer mierda a los sindicatos de la educación”. Estas paradojas se encarnan en un personaje que combina el productivismo de raíz marxista con el foquismo, la filosofía de la vida cotidiana y los negocios. El Pepe es un idealista, pero el pragmatismo de Mujica era el que gobernaba.

En la forma como se ve un político, el cambio introducido en estos años es irreversible. Ya no habrá políticos que hagan esgrima y hablen latín. Lo mismo pasa con la derecha y las clases dominantes: Edgardo Novick elegirá a sus candidatos a intendente por medio de tres consultoras, el gerente del pool de soja va sustituyendo al hacendado, los ricos viven en barrios privados, tienen educación privada (y estudian fuera del país), salud privada (y se atienden fuera del país), usan palabras en inglés. Son cada vez más una clase de propietarios ausentes que ya no comparece en el espacio público.

La clase trabajadora también se transforma, y esto implica una situación ambivalente para las aspiraciones de transformación del movimiento sindical. Las bases exigen salario, el FA quiere paz, los empresarios productividad. Mientras, el crecimiento de la afiliación no necesariamente implica una mayor ideologización y movilización, y el trabajo se transforma, creciendo el emprendedurismo, las unipersonales, las tercerizaciones. En este contexto, la “cultura del trabajo para el desarrollo” es la ideología que surge de las interacciones entre la clase trabajadora y el progresismo.

¿En el fondo qué quiere la gente? Queremos vivir bien, con nuestras familias, tener el último celular, de vez en cuando hacer una escapada, y el placer cotidiano de ver crecer a nuestros hijos. Este deseo, muy en particular en la gente de izquierda, y en la gente de izquierda a partir de cierta edad, está directamente relacionado con la negación de la relación entre la lucha o la utopía con la felicidad: a la izquierda le sacaron su idea de felicidad y la sustituyeron por una burguesa. Esto se debe en buena parte a la dictadura y a su capacidad de mostrar a la gente de izquierda que era mejor quedarse en la casa, que si se hacía algo medio raro se iba a correr el riesgo de no ver crecer a los hijos.

Esta ideología sobre la vida cruza todas las clases. El plancha es el nuevo uruguayo, pero pobre. Con los mismos valores y deseos, pero privado de los medios para obtenerlos. El pobre no se ubica. Quiere consumir como los demás, y se teme que ejerza, robando, una violencia redistributiva apolítica, una expropiación no significada como tal. El estado lo identifica como un sujeto peligroso, que no debe ser organizado o politizado, sino integrado, dotado de capital social, transformado en un pequeño emprendedor, ser objeto (no sujeto) de políticas sociales y, llegado al caso, de seguridad. Hay que ubicarlo.

Pero no podemos negar tampoco los efectos objetivos y subjetivos del progreso de estos años. Las mejoras en la cobertura de salud y seguridad social, el fuero sindical, la responsabilidad penal empresarial, la ley de ocho horas en el medio rural, las políticas de reconocimiento y acción afirmativa para mujeres y minorías, tienen implicaciones profundas no solo en el nivel de vida, sino también en la autoestima y la imaginación. Se dieron en estos años conversaciones y convencimientos sobre drogas, diversidad, feminismo y derechos laborales que no hubieran sido posibles sin el progresismo. Y cada uno de estos progresos tiene su potencia utópica.

En ese sentido es importante diferenciar la crítica al consumismo de la crítica al consumo: no es algo malo que la gente que está en situaciones jodidas consuma más. Que la clase trabajadora tenga un freezer y un techo de material no es en absoluto menor, y menos aún algo a lamentar, como parecen dar a entender ciertos discursos anticonsumistas. Las críticas al consumismo tienen que entender que el consumo no es neutral en términos de clase: mucha gente necesita consumir más. El problema es la ideología del consumo, el ismo: la publicidad, la obsolescencia programada, el fetichismo de la tecnología, los préstamos y las tarjetas de crédito como tecnologías de la subjetividad.

En los 90, recordemos, todavía se cuestionaban el consumismo, los shoppings, el “hacé la tuya” de Fido Dido, se hablaba de alienación. En algún momento esa resistencia se rompió definitivamente. Hoy el nuevo uruguayo siente algo de culpa por el consumismo: un pasado de cultura de izquierda reprimido, que retorna como culpa y no como compromiso político, pero cuidado cuando esa culpa desaparezca.

El nuevo uruguayo es un individuo atomizado, desvalido, ansioso, incapaz de desafiar o de pensar una transformación. Y bueno, está complicado, no tengo tiempo, viste cómo es, es lo que hay, ¿qué vamos a hacer? Qué difícil es ponerse de acuerdo.

El radical enojado es la otra cara de la moneda de esta resignación, el reverso del sujeto neoliberal atomizado, que transforma al radicalismo en una tribu urbana con una identidad de mercado o en odio a sí mismo por el neoliberalismo que lo habita. Un radicalismo tramitado como enojo y acusaciones es un radicalismo amargado y solitario, que entra en un ciclo de resentimiento que recluta aun a los críticos más puros para la causa del individualismo posesivo neoliberal.

Entre estas ideologías se mueven el artista contemporáneo, el académico, el tecnócrata, el trabajador de las “industrias culturales”, el periodista: los intelectuales orgánicos despolitizados del sujeto neoliberal. No aceptan que se le pida al arte o la ciencia que piense en política, pero sí que se pongan al servicio del desarrollo. Esta ideología sobre lo intelectual fue alentada por el progresismo en el gobierno, que establece así una relación entre la política cultural conservadora-neoliberal y la economía política neodesarrollista.

A comienzos de los 2000 existieron algunos movimientos en el plano cultural desde el progresismo. El Pilsen Rock, las revistas (Pimba!, Freeway), las guerras de rating entre Joel Rosenberg y Emiliano Cotelo, y entre Justicia Infinita y Orlando Petinatti, esbozaron algo nuevo. Pero esto nunca implicó una disputa contra el neoliberalismo en la cultura. Fue más bien un barniz progresista sobre el neoliberalismo de toda la vida. Al final, Rosenberg nació de En Perspectiva y Darwin Desbocatti del programa de Ignacio Álvarez, y en muchas cosas no se fueron muy lejos. Las bandas de rock más exitosas, que en los 90 y la crisis emitían discursos bastante politizados, apuntaron a devenir pop estilo Gustavo Santaolalla para su exportación al mercado latino.

No es que el pop sea malo en sí. Los sujetos progresistas tenemos que reconocer nuestros gustos sin flagelarnos. En el pop fiestero, las series, la comida orgánica, las bicicletas y las redes sociales hay algo de subjetividad neoliberal (gringa/hipster) y de distinción de clase, pero también búsquedas de vivir bien y de vivir en la época que nos tocó, y eso también es materia prima de transformación. No somos lo que deberíamos ser para ser izquierdistas perfectos. Somos lo que este mundo hizo de nosotros, y podemos hacer algo con eso.

Pero esto no implica que haya que ser complacientes con el sujeto progresista. De manera perversa, el progresismo tuvo demasiado éxito en convencer a la población de que todo está bien y de la importancia de sus logros, al punto de que según el Estudio Mundial de Valores cada vez más gente en Uruguay piensa que los pobres son culpables de su pobreza. El efecto perverso del mensaje progresista es: con todo lo que los ayudamos, si los pobres siguen siéndolo, es porque quieren.

Se puede pensar esto y votar al FA. El apolítico bienpensante que sea “de izquierda” pero no joda es el votante preferido del progresismo, cuyo mensaje subyacente en las campañas electorales fue: “vas a tener más guita, votame”. Y también: “el FA no es lo que prometió, pero está bastante bien”, “los otros son peores”, “no creo, pero los voto”, consignas del frenteamplista no practicante, que está al mismo tiempo descontento por derecha, descontento por izquierda, y contento.

En la clase media hay una tensión en la que la buena conciencia se mezcla permanentemente con la sensibilidad neoliberal. El reclamo de castigo a la inseguridad tiene una frontera porosa con una sensibilidad horrorizada con la violencia. El elitismo que se queja del desprestigio del saber la tiene con un deseo de expansión de la educación. Las quejas sobre la gestión pueden expresarse como odio a los empleados públicos o como genuina preocupación por el cuidado de lo común. La disconformidad con los impuestos puede expresar un egoísmo o un descontento con los beneficios fiscales al gran capital. Y a estos problemas el aparato comunicacional empresarial, de ideología neoliberal, ofrece soluciones de sentido común (porque ha logrado construir un sentido común neoliberal), y logra usar a su favor la fuerza de un descontento que en buena medida es contra el propio neoliberalismo.

A menudo se trata de clases medias y altas nerviosas porque obreros calificados o sindicalizados ganan buenos salarios y funcionarios pueden hacer tareas de profesionales. Nerviosa con que las empleadas quieran estar en caja y los pobres hagan ruido y estén en el centro de la ciudad. Que piensa en los impuestos, el déficit fiscal, la gestión, la inflación, la inseguridad, el degradamiento de la cultura, el excesivo poder de los sindicatos, es decir, las coordenadas básicas del neoliberalismo y la derecha. Seguir votando al FA puede servir como un lavado de culpa para el nuevo uruguayo derechizado.

Al mismo tiempo, se crea una gran confusión ideológica fogoneada por entretenedores como Daniel Figares y Darwin Desbocatti, que por su impostación crítica o radical se hacen audibles para la izquierda, pero con contenidos ambiguos. Así, las clases medias se muestran como reaccionarias al no querer poner su parte en la transformación, al mismo tiempo que señalan con razón, desde posturas de izquierda, la subordinación del progresismo a los poderes globales.

Esta queja se organiza de acuerdo a la retórica sobre el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas: “a mí me ponen impuestos, pero a UPM se los exoneran”, o sobre la incorrección política: “las mujeres me disputan a mí, pero no se meten con George Soros”, o sobre la inseguridad: “me roban a mí, que soy un laburante, pero los ricos tienen alambres electrificados”, “que no me saquen mi propiedad, que trabajé tanto para conseguirla, no como esos vagos”. El nuevo uruguayo puede fácilmente volverse fascista cuando la vida cotidiana empieza a parecer una guerra, como la pinta la tele.

Dicen que es la extrema izquierda la que se parece a la extrema derecha, pero en realidad el que se le parece es el liberalismo. En la coalición de Mauricio Macri conviven alegremente el PRO, Lilita Carrió y la Unión Cívica Radical. Theresa May acuerda con el Partido Unionista Democrático (histórico bastión de la ultraderecha fanática norirlandesa) para obtener el gobierno. En España, el liberal Ciudadanos se ha descubierto, crisis catalana mediante, como el partido con la postura más cercana a la ultraderecha. Otros que visten ropajes liberales son algunos de los integrantes de la coalición formada para destituir a Rousseff. Fernando Henrique Cardoso no tuvo empacho en aliarse con la bancada de Buey, Biblia y Bala para tirar abajo a una presidenta electa democráticamente.

La ultraderecha ya llegó a Uruguay, y no la ve el que no quiere. La vemos en el crecimiento de la derecha evangélica y su entrada al Partido Nacional, en la reunificación e independización del pachequismo detrás de Novick, en los comentarios en los portales de internet, en las demandas de pena de muerte y de “sacar a los militares a la calle”, en los reclamos de familia tradicional, en la aparición y normalización de discursos de ultraderecha y antiprogresistas como “incorrección política” (con ayuda de intelectuales como Aldo Mazzucchelli y Hoenir Sarthou, que fue a hacer el tonto con unos nazis en Pocitos), en el hecho de que perdimos dos plebiscitos contra la dictadura.

Y la derecha que quizás no merezca el apodo de "ultra", muestra a principios de 2018 su conformación y sus intenciones: agrupa detrás de una demanda "ruralista" de ajuste, a los dueños de la tierra, de los medios de comunicación, los operadores turísticos y los ideólogos neoliberales para pedir menos impuestos, menos empleados públicos, dólar bajo y desregulación laboral, con una vehemencia y un nivel de ideologización hasta ahora inédito en la era progresista.

Ciertamente en estos años no se expandió una sensibilidad y una forma de vida de izquierda, y eso impugna el trabajo político, cultural e ideológico del FA, pero también impugna la base material de su proyecto político. ¿Qué sujeto esperábamos que surgiera de la soja, la tercerización, los shoppings, la impunidad, la videovigilancia, los préstamos y las zonas francas?

El nuevo uruguayo es bipolar, es de izquierda y de derecha, tiene momentos de euforia, pero también de depresión. Las pasiones tristes del sujeto neoliberal son de lo que está hecha la tristeza que vemos en todos lados: la competencia, la atomización, la soledad y el miedo de quedarse atrás no pueden hacer bien, son pura anomia y alienación, son suicidio y muerte. Y a pesar de eso, nos han convencido de que la alegría es de derecha y la tristeza de izquierda.

La tristeza viene de adentro, pero también de afuera. La cultura neoliberal y la progresista repiten permanentemente que la izquierda no solo está triste, sino que es triste. Es gris, es vieja, es aburrida, es fea. Es una foto en blanco y negro de Viglietti. Todos los días en los medios hay festejos por la derrota de la izquierda. Somos ridiculizados como resentidos, como amargos que la pudren en un cumpleaños hablando de política. Para muchos, esto es demasiado fuerte y se despolitizan, se retiran a la vida privada, y esa es la máxima victoria del neoliberalismo.

Esta depresión aumenta con las derrotas de la izquierda, y se expresa por eso en odio a sí misma y a otros izquierdistas, y nos acostumbra a vivir con las disociaciones severas entre lo que se dice y lo que se hace: hay que tener Plan Nacional de Aguas aún con la Ley de Riego, hay que tener Plan Nacional de Cultura con trabajadores precarizados, hay que repetir que Uruguay es el mejor país, aún con su récord de suicidios. El progresista que quiere mantenerse oficialista no puede permitirse bajar de una permanente euforia agotadora, recitadora de logros, pero es difícil no ver en su cara también una tristeza.

Algo de esto se juega en la diferencia entre lo cuantitativo y lo cualitativo. Las cifras dan bien, pero algo está mal. Y nos da culpa decir que algo está mal, porque las cifras dan bien. Pero vemos el desánimo, el conflicto permanente entre compañeros, el sinsentido. Algo en nosotros se niega a hacer el duelo del socialismo, a aceptar que esto es todo lo que hay.

El sujeto progresista es un sujeto escindido en el que la izquierda se cruza de maneras inestables con el neoliberalismo y genera todo tipo de monstruos y curiosidades. La lucha entre el neoliberalismo y sus otros se da dentro de cada sujeto, de cada organización y en el país mismo.

Pero esta escisión no puede generar solo culpa. No alcanza con asumirnos como neoliberales, progresistas, aburguesados, y deprimirnos, protestar y despolitizarnos. Esto es perder antes de empezar. Podemos desear devenir otra cosa y que este deseo nos guíe a pasiones más alegres. Desear la transformación con otros es más gozoso, más divertido, más arriesgado y más interesante que aspirar a vivir en una burbuja de diseño minimalista mientras afuera avanza la distopía neoliberal.

Algo siempre se resistió a ceder ante la subjetividad neoliberal. No dejó de haber hippies, anarcos, cooperativistas, militantes, artistas e intelectuales dispuestos a entregar horas y horas. No desaparecieron de los estantes los libros de Galeano y Marx, ni los discos de canciones de la Guerra Civil Española, ni los afiches del Che Guevara. La izquierda, aunque deprimida y confundida, no dejó de pelear, y alguna vez ganó.

De alguna manera tiene que ser posible la politización de los sujetos neoliberales, algún camino de transformación tiene que poder partir de allí para devenir otra cosa. En el movimiento estudiantil chileno, la Primavera Árabe, el junio brasilero, el 15M, las campañas de Corbyn y Bernie Sanders, Podemos, Occupy, aparecen sujetos que quizás son la respuesta a esta pregunta: el joven precarizado, endeudado, con una estética pop, hiperescolarizado, nativo digital, enojadísimo y con una capacidad impresionante para organizarse y salir a la calle. Cualquier pensamiento sobre lo que empieza tiene que tener en cuenta esto, junto con la resistencia que viene de antes.

La izquierda está disconforme, pero el sujeto neoliberal también, por diferentes motivos. Unos, porque se abandonó el deseo de transformación y terminamos defendiendo inversiones de multinacionales. Otros, porque hay demasiados impuestos e insuficiente policía. Esos descontentos están en guerra entre sí, y no hay centro que nos salve. Se terminó el tiempo de Sanguinetti.

La victoria de Macri en Argentina fue precedida por la expansión del sujeto neoliberal por lo bajo, mientras en las redes sociales, las calles y los medios de comunicación el kirchnerismo daba la “batalla cultural”. Cuando quisieron acordar, Macri no solo tenía dominio, sino también hegemonía. ¿Dónde se fabricó esa hegemonía? En la vida cotidiana, en la publicidad, en la empresa. En Brasil, ese trabajo lo hicieron la Globo y las iglesias evangélicas, y su resultado lo vemos en los barros envenenados de Samarco y en la reforma laboral de Temer. En Uruguay, muchos lo están haciendo hace tiempo. Ya no vamos a pelear contra una derecha de Sanguinettis y Batlles, sino contra una de Novicks y Dastugues. La guerra empezó.

Hay una guerra, cuyo escenario es el mundo entero, entre el neoliberalismo, apodo contemporáneo del capitalismo, y la vida. Proliferan las crisis de deuda, el saqueo de los bienes comunes, las privatizaciones de bienes públicos, la precarización del trabajo, los muros en las fronteras, la vigilancia, la expropiación de las relaciones sociales por parte de multinacionales de la información, el formateo de las trayectorias de vida según las modas del mercado. Y también proliferan las revueltas, y, para aplastarlas, los simulacros, las cooptaciones y las guerras.

Las selvas y los desiertos son escenarios de la extracción; las tierras cultivables, de los cultivos especulativos y destructivos. Los océanos son rutas para el movimiento de mercaderías y basureros cuando ya no son necesarias. La atmósfera recibe gases de invernadero. Se inventan máquinas y técnicas asombrosas, que servirán para la liberación de sus dueños y la esclavización del resto. Las partes ricas de las ciudades se llenan de torres de vidrio y turistas rosados en busca de autenticidad que no van a encontrar, y las partes pobres se llenan de hacinamiento y violencia, y de vez en cuando montan revueltas que aparecen en las noticias policiales. Se hacen elecciones para saber quién va a llevar adelante el programa de los acreedores. Ante la ausencia de la política, el sentido lo venden religiosos y gurúes, con odio a los diferentes y promesas de vida eterna de regalo.

Todos los días leemos informes sobre un armagedón ambiental que ya comenzó. La forma como vivimos no es sostenible, pero el progreso nos exige que la radicalicemos. Que viajemos más, produzcamos más, trabajemos más. La misma ciencia que relata impotente la destrucción crea medios para que se destruya más y más. La vida humana está en riesgo, y la forma de vida que nos domina lleva directamente a la muerte.

Por eso el problema político de nuestro tiempo es la propia vida. El poder médico de intervenir en nuestros cuerpos y el policial de vigilarlos, golpearlos y encerrarlos. El poder empresarial de regular nuestras relaciones, nuestras conversaciones, nuestros deseos y nuestros me gusta. La incertidumbre sobre si vamos a tener agua que tomar, aire que respirar, o si vamos a morir envenenados o quemados. Las renegociaciones de las relaciones personales, las revueltas de las mujeres y los placeres diferentes contra sus formateos conservadores y neoliberales. Las invenciones de nuevas familias, nuevas formas de hacer juntos, de organizarnos y de producir bienes comunes, y también viejas formas que luchan por sobrevivir. Esta guerra pone en el centro al cuerpo no solo como víctima, sino también como potencial guerrero en una batalla que si bien vamos perdiendo, no termina mientras respiremos.

Al buscar sinónimos contemporáneos de revolución, aparecen en el diccionario del presente los feminismos, disputando el lugar de las mujeres y por lo tanto de todxs, desestabilizando la política convencional y la vida cotidiana. Aparecen los movimientos de disidencia sexual y vital explorando en torno a la defensa del goce, de la fiesta, del sexo, de las drogas y del cuerpo como espacio no solo productivo y reproductivo. Aparecen resistencias de las periferias de las ciudades, las profundidades del campo y las memorias reprimidas de la imaginación de otro mundo. Aparecen las asambleas y las plazas, los piquetes y los panfletos, los blogs y las performances. Estas subjetividades necesitan nuevos ojos y nuevos cuerpos y están, por ende, ya efectuando una interrupción sensible. Interrupción que está poniendo los pelos de punta a un fascismo latente durante décadas, pero que hoy se siente interpelado y responde. Esto también es parte de lo que comienza.

Es necesario abrirnos a recalcular y resituarnos en un acto de honestidad con lo real. Resituarnos en el nuevo mapa de viejos poderes y de nuevas luchas puede implicar tomar una posición diferente de la que asumimos antes, o comprender algo que antes nos parecía inadmisible, o soltar algo que creímos nos definía para toda la vida. Y es que no solo en el feminismo lo personal es político: si algo podemos llevarnos de aprendizaje para lo que sea que comienza, es la experiencia de que si no hay un cambio profundo en las subjetividades y las relaciones sociales más íntimas, tampoco habrá cambio social medible en variables macro.

Pensar esto con lucidez implica no aislar lo micro de lo macro, y entender que ambos, de diferentes maneras, pueden ser cooptados por el neoliberalismo. La fiesta puede ser alienación o nuevos afectos y relaciones; el deseo de cambio puede venir de un dinamismo emprendedor o de una imaginación utópica; las acciones que buscan favorecer a la mayoría pueden apuntalar el poder de los poderosos o desafiarlo.

Así, aparecen dos niveles de batalla articulados: el macro y el micro. El neoliberalismo existe en los dos niveles. Pide subordinar todas las relaciones sociales a la lógica del mercado. Pero esto no sucede automáticamente, sino que va avanzando, gracias al poder de sus agentes empresariales, políticos, científicos y mediáticos, tanto en la vida cotidiana como en el estado y la política. Cada vez son más las esferas donde se aplican criterios mercantiles para “facilitar” la toma de decisiones, desde las apps de citas hasta la especulación inmobiliaria. Excepto por sus acólitos más fieles, el neoliberalismo es aceptado a regañadientes cómo lo menos malo. Esto le computa como una victoria: para que el neoliberalismo sea el mal menor, antes han de haberse asfixiado las utopías y prácticas colectivas.

Pero esas utopías y prácticas se niegan a morir. Se dan desbordes y desequilibrios en la vida cotidiana y el espacio público que trasvasan y dislocan las disputas macro. Existe el peligro de que las expresiones macropolíticas de estas revueltas terminen por sobreadaptarse al estado, el sistema político y el vínculo a los grandes actores económicos, despotenciando esos desbordes. Y los desbordes, a su vez, no pueden durar para siempre en sus niveles más altos de intensidad, generando relaciones complejas entre diferentes escalas de la política.

En cada revuelta hay dimensiones micro y macro de la política, que combaten al neoliberalismo con diferentes armas, en tensión y en contradicción, con diferentes momentos de protagonismo y momentos de conflicto, que son parte de la misma dinámica del desborde.

Las revueltas de la Guerra del Agua y la Guerra del Gas en la Bolivia de los 2000 fueron una fuerza creativa que cambió la imaginación política boliviana, visibilizó a los sujetos indígenas y campesinos, y nació de la potencia de prácticas comunitarias que portaban memorias de luchas anteriores y solidaridades que emergían de la vida cotidiana.

También fueron una fuerza destituyente que frenó políticas neoliberales y expulsó a los gobiernos de ese signo (integrados por viejos partidos nacionalistas-populares, en coalición con los de derecha), poniendo en su lugar al MAS y a Evo Morales y forzando la instalación de una Asamblea Constituyente. Pero el desborde se replegó, y llegó el turno del gobierno. Este hizo políticas de nacionalización y redistribución relevantes, y proyectó una política exterior antiimperialista, pero también expandió la frontera agrícola, intensificó el extractivismo, se alió con sectores de derecha, empoderó al aparato de seguridad y reprimió protestas sociales, creando un nuevo eje de disputa entre el gobierno (de izquierda) y comunidades que defienden sus territorios.

Del otro lado del océano, en España, la imposición de los recortes a los servicios públicos y la subordinación política a los acreedores y los organismos internacionales por parte de una alianza entre el centroizquierdista PSOE y el derechista Partido Popular, encontró como reacción la toma de plazas y la aparición de movimientos de deudores hipotecarios contra los desalojos, aumentando la densidad de los ambientes militantes y dando un salto de calidad en la capacidad de movilización de la izquierda y los movimientos populares españoles. De aquí emergieron expresiones políticas como el municipalismo, las mareas, las CUP y Podemos, para disputar el terreno macropolítico, desordenando el bipartidismo del régimen del ‘78 pero no logrando todavía victorias en ese terreno.

En Gran Bretaña sucedió algo extraño. La crisis de 2008 y las políticas de “austeridad” generaron un descontento creciente, que en parte se expresó en la demanda de salida de la Unión Europea. Pero por otro lado, algo pasó en el Partido Laborista, el que Tony Blair había transformado en el partido de izquierda más de derecha del mundo, llegando a acompañar a George Bush a la guerra de Irak. Las bases y la izquierda del partido, junto con el movimiento sindical y miles de nuevos militantes, se unieron para poner al frente del partido a Jeremy Corbyn, un apasionado pacifista y socialista que llevaba décadas aislado en las márgenes del partido. A pesar de que el establishment blairista desafió varias veces su liderazgo, la militancia salió a su rescate cada vez.

Bolivia, España, Gran Bretaña, y también Grecia y México, y muchos lugares de los que no tenemos noticia, nos llenan de perplejidades y nos hablan de lo que emerge, de sus posibilidades, sus complejidades y de las potencias y los peligros de lo nuevo, a veces dentro de los partidos, a veces contra ellos, a veces siendo traicionados, a veces siendoles indiferentes, pero siempre descolocando la lógica de la representación y la inercia de la competencia entre la centroizquierda y la centroderecha.

No podemos limitarnos a pensar a las luchas micro como preámbulos de la verdadera lucha, ni a las luchas a nivel estatal como capturas de las otras. Es cierto que el estado en el mundo neoliberal está estructuralmente subordinado al capital, y que por ello su capacidad de transformación es limitada. Pero también es cierto que las luchas en el nivel micro son difíciles de sostener, funcionan en forma de empujes que no logran mantener su intensidad y se refugian en nichos que protegen prácticas difíciles de generalizar. Esa es la condición de nuestra época, y para quebrarla van a ser necesarias luchas en todos los terrenos, cultivando compañerismos que respeten la autonomía y logren protegerse y potenciarse entre sí.

La palabra "común" se escucha cada vez más, y explicita que la nuestra es una batalla entre formas de vida. De un lado, el individualismo posesivo, el sujeto neoliberal, el capital. Del otro, formas nuevas y viejas de organizarnos en común, compartiendo, cuidándonos y decidiendo juntxs el rumbo del colectivo.

Movimientos como el ecologismo, los feminismos, los movimientos por la tierra, hacen visible que el concepto de trabajo debe ser expandido, incluyendo las luchas en torno al trabajo asalariado, su salario, sus condiciones y su rol en la gestión de la producción; pero también los servicios públicos y los bienes comunes, las relaciones familiares, sociales y comunitarias que sostienen la vida, la relación de los seres humanos con la naturaleza, y con su naturaleza como seres materiales, biológicos, históricos y políticos. El capital quiere expropiar nuestra tierra, nuestra agua, nuestras empresas públicas, nuestro tiempo de trabajo, nuestras emociones, nuestros chats, nuestro código genético, nuestro conocimiento y nuestro futuro para llevarnos hacia la destrucción del amor, la belleza y la propia vida. Por eso, la lucha de clases entre capital y trabajo es una de las dimensiones de la lucha entre capital y vida, que necesita también de la lucha feminista, la ecologista y la anticolonial.

El problema de la solidaridad se hace difícil, pero no imposible, y la forma de resolverlo no es establecer jerarquías entre las luchas ni pensar cómo purgar a quienes luchan por una cosa pero no por otra, o son subalternos en una de las dimensiones pero privilegiados en otras. Las luchas tienen que aprender las unas de las otras, construirse juntas, crear solidaridades y criticarse con compañerismo. No es el feminismo el que divide a la clase o a la izquierda, sino el machismo; no es el ecologismo, sino la subordinación a las multinacionales; no es el antirracismo, sino el racismo.

En Uruguay tenemos ricas tradiciones de lucha en cada uno de estos terrenos, que necesitamos reconocer, apoyar y expandir. Las cooperativas de vivienda y producción marcan un camino hacia formas no capitalistas de propiedad, y la capacidad de los uruguayos de asociarse, desde los sindicatos hasta los clubes cannábicos, es una potencia prefigurativa que los gobiernos progresistas apoyaron de maneras erráticas y dramáticamente insuficientes. Pero allí están.

El qué hacer retorna así a formas de organización y de vida. Colectivos como los músicos Esquizodelia, los economistas Comuna, los periodistas de la diaria y Brecha; colectivos intelectuales que se dedican a compartir o pensar juntos formas de lucha y transformación política, como Hemisferio Izquierdo y Zur; experimentos de gestión cultural que buscan democratizar experiencias sensibles, como La Propia Cartonera, el Festival Internacional de Danza Contemporánea de Uruguay, Teatro del Fin del Mundo, Rebelarte, Las Sobras del Cumpleaños; asociaciones para gestionar colectivamente el consumo como el Mercado Popular de Subsistencias; colectivos feministas; estudiantes que inventan nuevas formas de manifestar, que saben usar los medios digitales, que se animan a cantar y a pintarse. De esto está hecho lo que necesitamos.

Muchos de los fenómenos que emergen son profundamente ambiguos en términos políticos. Internet, por ejemplo, es un espacio dominado por empresas transnacionales aliadas a la inteligencia estadounidense, que está diseñado para extraer renta de nuestras relaciones sociales y crear nichos que nos aíslan y nos alienan, mostrando mundos diferentes a personas diferentes. Pero al mismo tiempo es un arma formidable de organización política y difusión de ideas, identidades y prácticas, para la experimentación y el diálogo. Es usada por la izquierda y por la derecha, por la intelectualidad crítica y las fake news, para crear afectos de amor o de odio. Esto crea todo otro plano de realidad, virtualidad y simulacro, un terreno de lucha que, tan desigual como el Estado, la economía y la ciencia, igual debemos disputar.

Lo que emerge es sujeto escindido en lucha adentro. Una mezcla entre ideología y fenomenología, entre honestidad y deserción, entre afirmar un nosotros y disolvernos en el entre, entre darles para adelante a nuestras pasiones alegres y reconocer que necesitamos terapia: eso es lo que emerge y hay que escucharlo. Que el deseo nos guíe.

Ese deseo es de hacer con otros. Mirar las cosas con ojos sinceros; criticar, pero no para desechar lo hecho, sino para entenderlo y seguir corrigiendo lo que haya que corregir; reconocer lo que hay que reconocer para poder encontrar lenguajes comunes. Y estos lenguajes tienen que ser creados entre muchxs, no para que nos aislemos o nos juzguemos, sino para que nos entendamos y hagamos cosas juntxs. Porque de lo que estamos segurxs es de que cada uno en su nicho no va a desequilibrar, y no queremos crear un nuevo nicho autocentrado que cree que la tiene clarísima.

Para eso, tenemos que ser honestos con los espacios y no jugar a hegemonizarlos o aparatearlos, replantear las prácticas militantes y percibir que si no entendemos, la mejor manera de hacerlo es realmente escuchar lo que dicen los otros, y no pensar que tenemos todo resuelto y odiar a quienes piensan ahora lo que nosotros mismos pensábamos hace dos, cinco o veinte años. Necesitamos darnos tiempo para discusiones largas en confianza y también con quienes no tenemos todavía tanta confianza, abandonar la chicana como método privilegiado de comunicación, recuperar el placer por estudiar, por entender el argumento y la experiencia del otro, por formarnos en las materias que discutimos, pero no para transformarnos en portadores de saberes expertos que inhiben discusiones.

El cinismo nos puede destruir, y la crisis del progresismo puede generar un clima de sálvese quien pueda y de espirales de denuncias que no benefician a nadie. Quien ya abandonó al progresismo denuncia a quien piensa parecido pero no lo hizo todavía. El progresista denuncia a quien abandonó (o nunca estuvo) por las mismas razones que a él mismo lo hacen dudar. Estas posiciones son inconducentes y necesitan voluntad de ser dislocadas y desequilibradas para crear nuevos diagnósticos e inteligencias colectivas de los dos lados, aunque a veces implique poner la otra mejilla o pecar de ingenuos. Sin riesgo nunca vamos a trascender nuestros nichos.

Pensar en el futuro es pensar en la juventud, y eso implica entender que las experiencias de cada generación son distintas. No es lo mismo socializarse políticamente en el 68, el 83, el 89, el 96, 2004, 2009 o 2015. Quienes fundaron el FA en el 71 van a tener muchos problemas para abandonarlo, quienes vivieron las calamidades de los 80 y los 90 difícilmente salgan del marco neodesarrollista o el resentimiento en el que piensan, quienes conquistaron las leyes de la agenda de derechos van a insistir en plantear sus demandas como leyes que vender a una mayoría parlamentaria de izquierda, y quienes están haciendo sus primeras armas militantes ahora no recuerdan un tiempo en el que el FA no fuera gobierno, y lo ven como un oficialismo conservador que reprime las luchas de la educación. Cada una de estas generaciones tiene sus referentes, sus disputas, sus disidentes y sus narraciones. Odiarnos solo por esto asegura la derrota.

También nos perjudica odiar a los despolitizados. “No me importa la política” o “no soy de izquierda ni de derecha” suelen ser expresiones de individualismo y prescindencia, pero no tienen que ser leídos como una despolitización irreversible. Bien pueden ser una expresión, con el lenguaje disponible, de un profundo descontento con la política y la izquierda tal como existen, una materia prima con la que trabajar.

Lo mismo ocurre con las estéticas. Generaciones más viejas e izquierdas más radicales siguen siendo convocadas por artefactos culturales sesentistas, pero los cuarentones que se sintieron desplazados de los cargos por los viejos sesentistas siempre los van a ver como representantes de lo gris y lo depresivo. La izquierda va a tener que crear estéticas y entender las que se están creando, aunque no las cree la izquierda. La narrativa publicada por HUM y pensada por Ya te conté, la poesía ultrajoven, las protestas surrealistas de Riki Musso y las narraciones de alienación laboral de Julen y la Gente Sola crean sensibilidad mucho más crítica que los jingles y las placas que enumeran logros.

El marketing, los focus groups y las técnicas de segmentación no nos van a salvar. En coyunturas puntuales puede ser importante ir a buscar al votante o al burócrata medio, atravesado por la subjetividad neoliberal, pero en el largo plazo esa es una estrategia perdedora. El tema no es conquistar el centro, sino agrandar la izquierda: solo así se puede ganar en el largo plazo, y alguien tiene que dedicarse a eso, a que se expanda una sensibilidad revolucionaria. Tenemos que enunciar nuestros deseos con honestidad, aunque suenen raros o extremos. Si insistimos, con el tiempo serán menos raros.

Lo que emerge necesita ser pensado con un lenguaje que aún no existe; al pensarlo lo empujamos un poco más a este presente. Siempre es alentadora la pregunta sobre qué empieza, y en tiempos de brutal desorientación despierta fantasías especulativas. Construirlas en colectivo es quizás una de nuestras prioridades políticas.

Es cierto que tenemos el neoliberalismo adentro, pero también estamos habitados por muchas cosas que reaccionan contra él. Aunque hay mucho por hacer, no hay batacazo que dar, no hay trama electoral que tejer, no hay una pequeña acumulación que pueda tomar el poder. Necesitamos imaginación política de forma urgente y al mismo tiempo herramientas para orientarnos en una realidad que además de cambiar permanentemente, es enunciada en los términos del capitalismo.

Esto implica aprender a disputar en terrenos hostiles, pensando con cuidado cómo interactuar con la política de internet y la política trasnacional de la academia, las fundaciones y los organismos internacionales. Pero no solo. En esta tarea todos tenemos nuestra parte: el arte, la ciencia, la militancia, las cooperativas, los sindicatos, la prensa. Hay una construcción que es política, pero que, más que llamados a la unidad, implica llamados al compañerismo, a la construcción colectiva. Y cuando haya que disputar entre nosotros, hagámoslo, pero de tal manera que la reconstrucción de acuerdos luego de zanjada la disputa no sea imposible.

No nos podemos creer mejores por saber qué se discute en París, Buenos Aires, Nueva York, Barcelona o La Paz. Nuestro deseo no es ser un país de primera, un país de Europa. No queremos ser un parque de diversiones para turistas ricos que pone muros, libra guerras de razas, invade países. No significa que no tengamos que aprender de lo que pasó allá y de lo que piensan nuestros amigos de allá, pero no queremos ser ellos. El lugar donde estamos y su pasado nos hacen entender mejor el presente.

Recordemos las alegrías que sí vivimos en estos años. El olvido o la minimización de aquello que nos hizo felices políticamente (las leyes que dieron derechos a trabajadores, las victorias electorales, los conflictos que acumularon fuerzas, la aparición de cuerpos de desaparecidos y las solidaridades internacionales) sería una conquista de la derecha. Y lo mismo con la construcción de la unidad de los trabajadores y de la izquierda, la resistencia a la dictadura y el neoliberalismo, y las victorias contra las privatizaciones de los 90. Que hayan sido vaciadas y puestas en la historia gris del progresismo no quiere decir que sean despreciables. Si el enemigo triunfa, ni los muertos están a salvo. Tenemos que recuperar esas ruinas, resignificarlas, hacer algo con ellas. No perdamos el recuerdo de que podemos ganar.

Ahí hay pistas para el futuro a inventar. Si el progresismo es la cooptación neutralizadora de energías revolucionarias que dieron vida a la izquierda alguna vez, vale abrir la percepción para intuir qué nuevos focos de sublevación y transformación pueden aparecer. No solo los que se anuncian como tales o lucen como otros del pasado.

Como señalaba una marcha feminista reciente, necesitamos que el dolor se vuelva rabia, la rabia se vuelva lucha y nuestra voz, grito. La emergencia de nuevas sensibilidades políticas no es solo reactiva; disputa las formas de vida y de colectividad, disputa el poder de definir el centro de las disputas; es difícil de rastrear, pero se multiplica por medio de experiencias que cambian vidas.

Así, tenemos dos tareas urgentes delante: desarmar la hegemonía del progresismo sobre la izquierda y disputarle al neoliberalismo la hegemonía sobre la sociedad en general. Si esto implica crear nuevas hegemonías o dispersar el poder, es una discusión que tenemos que dar, y probablemente necesitemos algo de las dos.

¿Certezas ante este mapa? Ni del disciplinamiento del progresismo, ni de la rosca de las micropeleas, ni de las alineaciones en el sistema político, ni de la eficiencia a costo de la desmovilización social, ni de la tecnocracia neodesarrollista. Nada nuevo saldrá de allí sino la reproducción conservadora del orden social.

Entonces, un posible plan de acción: crítica del progresismo, reconstrucción del compañerismo en el mundo ampliado de la izquierda, recreación de la memoria de luchas pasadas, ideologización del arte y la ciencia, atención a lo que ocurre en otros lugares, búsqueda de nuevas formas de hacer para crear una vida mejor. Hacer caso a lo que surge y al deseo que nos habita, y protegerlos del descreimiento, la cooptación y el desánimo. No matarlos de hambre política ni espiritual.

Porque lo que deseamos, al final, no es nada extraño. Queremos que las decisiones las tomen todos sus afectados, y eso se llama democracia. Queremos hacer lo que queramos, y eso se llama libertad. Queremos que los bienes y el trabajo comunes beneficien a la comunidad, y eso se llama comunismo. Queremos querernos y cuidarnos y estar juntos, y eso se llama amor. Y hace milenios que peleamos por eso.

Tenemos que recuperar nuestras palabras. Aprender a hacer cosas que no sabemos hacer. Pensar al sufrimiento y la destrucción de estos años, de los que somos en parte responsables. Desmontar el círculo de desconfianza. Pero mientras no empiece lo que tiene que empezar, no va a terminar lo que tiene que terminar. Hay cosas que no sabemos que van a pasar, hasta que pasan. Y tenemos que hacer que pasen.