Tormenta temática FIDCU: Arte, ritual y comunidad

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Algunas notas por Katherine Montes Ramírez

Lunes 8 de mayo, 2017

Nos hemos reunido en Entre por la tarde. Ha venido Carolina Guerra, directora de Caravana Sísmica, para esta conversación colectiva. Lucía Naser nos ha contado primero un poco de la propuesta del Espacio Entre, nos ha hecho un recorrido un poco por la casa y cómo llegaron ahí. Nos ha recibido caseramente con un pan muy casero, mermelada y una pasta frola. Nos ha cebado mate a unos, y ha invitado café a otros. Tarde de otoño, húmeda y lluviosa. Así nos hemos sentado en el piso de madera a pensar qué hay de ritual en la danza, qué hay de construcción comunitaria, qué dice de la identidad, qué significa hacer danza y ritual en una ciudad como Montevideo.

Lucía comenta que en Caravana Sísimica hay una puesta en escena que tiene mucho de ritual, así como en Primitiva. ¿Cuánto de ritual requieren las comunidades?, pregunta. Lo ritual sería como la presencia extracotidiana de nuestra vida pagana. Y también se torna esencial en algunas religiones, como el catolicismo. Ahí, dice Lucía, radica una dualidad del ritual.

Comunidad, ritual y arte entonces, serán las grandes nubes para esta tormenta temática.

El recorrido de Caravana Sísmica

Cuenta Carolina Guerra que los bailarines de la obra eran estudiantes de un curso de danza que ella dio. Se plantearon la obra como su creación de fin de año, a raíz de la propia propuesta de los chicos. En ese momento su búsqueda era la alteración de estados perceptivos y lo ritual surgió por lo trabajado en el laboratorio de danza, además de la propia inquietud de Carolina. Cuenta Carolina que en ese momento estaba interesada sobre todo en el umbandismo, por ejemplo, como ritual pagano.

Cada quince días entonces se encontraban en el laboratorio. Cada uno proponía un ritual que se practicaba durante una hora. Pensando en que muchas veces los rituales tienen testigos, se plantearon trabajar así. Siempre había alguien que registraba y de esta manera fueron armando un “banco de archivos”. Trabajaron así hasta que se les apareció en el horizonte el Montevideo Danza, y recién ahí se plantearon hacer la obra.

En el proceso, fueron mirando rituales que no eran “típicos” de la danza. Por ejemplo, observaron las manías, las obsesiones individuales, hasta que fueron quedándose más en los rituales colectivos, y en el sostenerse, apoyarse mutuamente como grupo, como pequeña comunidad.

Carolina cuenta que hubo en este proceso una conexión entre “el arte” y “la vida”, dicho en sus propios términos. Expresión estética y formas de sentir, pensar y habitar el mundo en sociedad, sería un recorrido que atravesaron en aquel laboratorio devenido en “caravana sísmica”. A partir de una anécdota personal con uno de los integrantes del grupo, se preguntaron por qué no impregnar también el espacio de ensayo con la vida personal de cada uno. Potente fuente de creación y de trabajo interno, se propusieron. Relata Carolina con mucha soltura cómo en los ensayos se hablaba de lo que le pasaba a alguno y se lanzaban al movimiento. Comenta su propia experiencia personal, por ejemplo, su viaje a las comunidades zapatistas, ver aquellas expresiones danzadas y cómo influyó esa experiencia en su propia danza.

Pensaron que los rituales tienen una estructura y finalidad. Que la finalidad del ritual puede ser el colectivo, el “estar juntos y sostenerse”, va deshilachando Carolina en su reflexión,  que ya el compartir este ritual con los espectadores puede constituir otro ritual. La acción de ir al teatro es un ritual, mostrar una obra es un ritual… Una obra que quisieron hacer porosa, no hermética. Así, con una propuesta estética futurista e indígena, indígena y futurista, en los términos de la directora, fueron al teatro, a mostrar la caravana.

El ritual como obra. La obra como ritual.

Lucía comenta que en la obra pudo identificar varios rituales: el pogo, el umbandismo, por ejemplo. Pregunta cómo fueron pasando de uno a otro. Carolina responde que se agarraron de lo común entre los bailarines, como en los rituales donde generalmente se tiene un fin común. Así se acercaron a un modo de encarnar comunidad, un sostén, un apoyo mutuo. Subyace aquí una noción de comunidad basada en la solidaridad emocional y estética muy potente.

Entonces surge esa pregunta incómoda y provocadora, de por qué mostrar un ritual en un escenario, en un teatro clásico, en un montaje “a la italiana”. Entonces surge también la pregunta por cuántos rituales hay en la danza contemporánea, si se trata de sustituir la búsqueda de lo sagrado por la comunidad. El reto que implica mostrar lo que transitan los cuerpos de los bailarines, en diferentes danzas contemporáneas occidentales como el Contact (y aquí se me viene a la mente la danza contemporánea japonesa Butoh, por ejemplo; o las obras del coreógrafo coreano Kim Jae Duk, por citar dos ejemplos).

Aparecen varias reflexiones, que van a empezar a enlazar la práctica comunitaria del ritual, la propuesta estética y escénica, con los artificios de lo institucional en la danza contemporánea en Montevideo. La tensión entre la autonomía creativa y ciertos marcos institucionales que el poder gubernamental  (como gobierno político y como mercado) definen.

“El 90% de la producción de la danza en Montevideo es en torno de un ciclo, que es el Montevideo Danza. Por eso se toman decisiones para que se adecúe a eso. El mercado determina la estética.”, dice una participante del encuentro, mientras que Carolina comenta que tanto el título, como el texto de la obra tuvieron que ponerlos incluso antes de los ensayos. Más allá de esto, Carolina enfatiza en que no era su interés generar “algo” en los espectadores, ni tampoco llegar a un desborde total de los bailarines. Simplemente, “seguir juntos haciendo y perder el hermetismo”, dice como si esa especie de solidaridad comunitaria en el grupo de bailarines se extendiera al resto de la sociedad, los espectadores, como un compartir, como un abrir esos poros de la obra y hacerla respirar, intercambiar con el resto. Nada menor el reto aquel de “perder el hermetismo”.

Si el ritual es algo que se repite en muchas obras de danza contemporánea, así como en nuestras prácticas cotidianas, podría ser entonces un punto de anclaje entre lo social, lo colectivo y la danza, como ha dicho una de las participantes. Ahora bien, si los rituales son practicados en comunidades con un fuerte vínculo identitario, entonces cabe también preguntarse por la identidad de la danza (contemporánea) en el contexto montevideano. Surgen las reflexiones entonces acerca de si se trata o no de un contexto eurocéntrico ubicado en América Latina. ¿Qué significa ese supuesto eurocentrismo? ¿Qué significa hacer danza contemporánea en este contexto? Como “extranjera”, puedo decir que quizás Montevideo es menos eurocéntrico de lo que se cree. Esta charla acerca del ritual comenzó hablando del umbanda. Una camina por las calles de Montevideo y los rostros dicen algo mucho más que Europa. Dicen África, dicen… ¿Brasil? ¿Paraguay? Con los procesos migratorios cada vez más acelerados dicen Colombia, dicen Venezuela, dicen México, Perú, India, Siria, ¡Guantánamo! Es delicado hablar de “eurocentrismo” en el mundo actual, como también alguien ha dicho en esta charla. Interesante y problemática la pregunta acerca de la identidad (colectiva), sobre todo si supone una mirada profunda a las subalternidades que emergen cada tanto.

 

Presencia y representación. Forma y contenido. La relación bailarín – espectador.

Lucía recuerda que en la danza contemporánea, por lo general, hay una reticencia a las “formas claras” y eso puede generar un problema de conexión con los espectadores. Otros rituales, como el candombe o el umbandismo, son más claros, por lo que los espectadores, participen o no, conectan. ¿Cuál sería entonces el sentido, la potencia de la (re)presentación escénica? Una hipótesis es que es el proceso en el que se construyen, más que lo que sucede en la sala. Otra hipótesis recupera ya en el espacio escénico un componente “sagrado” de por sí.

Si es una decisión política potente la de ocupar salas del FIDCU y Montevideo Danza, quizás sea ahí mismo donde radica la potencia de la relación entre bailarín y espectador. Una porosidad en el entramado de la forma y el contenido, de lo institucional y lo procesual, del presentar representando. En suma, escapando de la trampa del dualismo, en un mundo en el que más pareciera que se trata de un papel corrugado y poroso. Salir del hermetismo supone esa arriesgada apuesta. En el marco del FIDCU también es que se abrió este espacio a propósito de obras como Caravana Sísmica, que ha presentado su propuesta no sólo desde la danza, sino desde esta instancia reflexiva, que enriquece la relación bailarín – espectador.

 

Las demás actividades del festival y la lluvia, pensamos,  quizás impidieron llegar a los integrantes de Primitiva. La charla ha concluido y nos vamos en caravana caminando hacia la Facultad de Arquitectura para ver otra de las muestras del festival.

 

 

Fotos: Nacho Correa / FIDCU